“Que no nos roben la lengua” por Dolores Agenjo

 

“Un crimen que resulta peor por inhumano: se tortura a nuestros niños durante los primeros años de escuela aprendiendo en una lengua que no es la materna”.

Josep Benet, Combat per l’autonomia, 1977

 

Hubo un tiempo en Cataluña en que los hijos de la burguesía catalana compartían un ideal con los hijos de los obreros castellanohablantes: acabar con la dictadura franquista. Aún recuerdo aquellos dorados años de mi juventud en que vivíamos la vida peligrosamente, jugándonos literalmente el físico en aquellas gloriosas manifestaciones por la libertad ―¡bendita palabra!―, la amnistía y el estatuto de autonomía, codo con codo los hijos de papá con los hijos de los llamados charnegos. Entonces no se hablaba de independencia ni de “dret a decidir”, pero sí de algo que luego cayó tristemente en el olvido: el derecho a la educación en la lengua materna.

Aún recuerdo aquella tarde en el instituto femenino Infanta Isabel de Aragón, unos años antes de la muerte de Franco, cuando una compañera de curso, la pizpireta Laia Pruna (la Pruneta, como la llamábamos), nos leyó un manifiesto sobre la terrible injusticia de obligar a los niños catalanohablantes a estudiar en una lengua que no era la suya. Casi se nos saltaban las lágrimas ante la imagen de aquellos pobres niños a los que se les negaba el pan y la sal: el derecho a educarse en la lengua de sus madres. Ni que decir tiene que todas nos apresuremos a firmar el manifiesto. Algunas, más impulsivas, como yo, no nos quedamos ahí y decidimos acudir a cuantas manifestaciones se convocasen en defensa de ese sagrado derecho.

Poco tiempo después el afamado político nacionalista Josep Benet, publicaba un libro titulado Combat per l’autonomia en que reivindicaba apasionadamente ese derecho. Ni más ni menos que un crimen era para Benet privar a los niños en la escuela de su lengua.

Algunos nos creímos entonces ese derecho y nos lo seguimos creyendo también ahora. Me hubiera gustado preguntarle a Josep Benet si él seguiría defendiéndolo en nuestros días con tanta vehemencia como en aquellos tiempos, pero, por desgracia, el venerado político catalán hace tiempo que nos dejó para siempre. Entre los llamados a mantener viva la llama del ardor patriótico que caracterizaba al ilustre prohombre, no encuentro hoy en día, ni a uno solo que mencione lo de la lengua materna. El concepto se ha esfumado como si les niños hubiesen dejado de tener madre. Claro que, pensándolo bien, no resulta tan extraño, porque ¿qué importancia tiene una madre de carne y hueso comparada con la Madre Tierra? Esa sí que es una madre de verdad y no la que te da el ser. Por eso, ahora, los pedagogos nacionalcatalanistas de postín, como Joaquim Arenas i Sampere, afirman ufanos que la lengua materna es en realidad lengua materna de la tierra. Y se quedan tan anchos.

El día que me enteré de que la tierra tiene lengua casi no salía de mi asombro al comprobar que eso del pensamiento mítico no era cosa de sociedades antiguas, sino que estaba muy vivo en las preclaras mentes de nuestros paisanos nacionalistas.

En ocasiones, he osado preguntar a algún paladín de la causa nacional catalana si creían que Josep Benet mentía o estaba equivocado al realizar aquella apasionada vindicación de la lengua materna. Claro que, pensándolo bien, cabe la posibilidad de que lo que Benet quería decir era que eso de prohibir estudiar en la lengua materna es un crimen solo si se trata de la lengua catalana o solo si afecta a niños catalanohablantes. Podría ser ―no sé si algún psicólogo nacionalista lo ha investigado― que los niños de lengua española fuesen insensibles, vamos, que a ellos les fuese indiferente la lengua en que les hable el maestro. No sería de extrañar que detrás de la obsesión por la inmersión lingüística que reina desde hace años en nuestra querida Cataluña, se escondiese la peregrina idea de que a los niños que hablan español les da igual en que lengua les eduquen porque a los hijos de las que el otrora padre de la patria, el “exhonorable”, y probablemente exonerado, Jordi Pujol, describía como “chonis”, ya se sabe, a esos poco les importa la educación; total van a trabajar de lo que siempre han trabajado sus padres, de empleados, de subalternos para los amos de la tierra, esos que reparten los carnés de identidad de buen y mal catalán y que, a la más mínima señal de descontento con la política de los alegres chicos del movimiento nacionalseparatista, te sueltan aquello tan socorrido de “si no estás a gusto, te vuelves a tu tierra” o “deberías estar agradecido, que aquí te hemos dado de comer”, facha más que facha”.

Pero, volviendo a nuestro excelso Josep Benet, y a sus palabras, lo cierto es que, por más que he buscado respuesta a esta aparente contradicción entre lo que él dijo y lo que practican sus descendientes políticos, nunca he obtenido respuesta.

¿Cómo es que lo que era tan malo para los niños de lengua catalana en los años 70 es hoy la maravilla de las maravillas para los de lengua española? Nada, no hay manera de que algún nacionalista compasivo me saque de mi ignorancia. La única respuesta que obtengo es que la inmersión es muy buena porque los alumnos acaban sabiendo perfectamente ―¡oiga, perfectamente!― las dos lenguas oficiales. Vamos que ni las eminencias de la Real Academia de la Lengua Española hablan con tanta soltura el español como los niños educados exclusivamente en catalán. Basta con oír como se expresan en la lengua de Cervantes nuestros políticos nacionalseparatistas para darse cabal cuenta de que están en lo cierto. Si personas tan cultivadas e inteligentes como nuestras ´conselleras” de educación de la Generalidad de Cataluña hablan español con tanta gracia y salero, ¡cómo no van a saber hablarlo sus vástagos!

Lo cierto, es que la moderna pedagogía catalana ha descubierto un método de aprendizaje de lenguas que habría que patentar e, incluso, promover su candidatura al premio Nóbel de educación. Consiste en que cuantas menos horas estudias en una lengua más competente eres en ella. Porque, ¡asómbrense!, con solo dos horas de clase a la semana los niños catalanes hablan español mejor que los de Valladolid ―dicen―. Ya pueden ir copiando el método en los colegios mesetarios y las escuelas de idiomas que vayan pensando en cerrar el negocio. Claro que si tan buenos resultados da esa singular estrategia educativa que consiste en reducir al mínimo el aprendizaje de una lengua para dominarla, lo lógico sería que se la aplicasen a la lengua catalana. Cualquier nacionalista catalán que se precie no para de quejarse de la debilidad de la lengua catalana, de que muchos aún no la saben escribir ni la hablan correctamente, de los peligros que la acechan… Pues bien, señores, ya que han descubierto la piedra filosofal, aplíquensela a nuestra querida lengua catalana. Pongan a los niños catalanes a estudiar 20 horas en español y solo 2 en catalán y verán como rápidamente las criaturas discursean mejor que el mismísimo Pompeu Fabra.

El otro argumento que se suele blandir para defender la imposición de la inmersión es que hace posible la cohesión social. No sé si es que el nacionalismo, además de innovar en los métodos de enseñanza de lenguas ha inventado un nuevo sistema de razonamiento lógico o es que están de broma. O sea, que para favorecer la cohesión lo mejor es excluir de la educación –y de la administración y los servicios públicos- la lengua más hablada de Cataluña e imponer la minoritaria. Quizá esté equivocada, pero me parece que el sentido común dice que no puede haber cohesión sobre la base de la exclusión, de la vulneración de un derecho. La inmersión lingüística obligatoria crea ciudadanos privilegiados, aquellos que tienen el derecho a educarse en su lengua materna, y ciudadanos discriminados, los que ven pisoteado ese derecho.

Imaginen ustedes que una madre tiene dos hijos y que a uno le gusta comer carne y al otro pescado. Imaginen que la madre decide poner siempre pescado para comer y que el hijo que quiere carne se queja y le propone a la madre que algún día le complazca también a él. Imaginen que la madre le responde que de ninguna manera, en casa se como solo pescado y si te vuelves a quejar es porque odias a tu hermano.

No, señores, no, la cohesión no puede funcionar así, porque la cohesión es inclusión, respeto y justicia, igualdad de derechos y a nada de eso se parece la imposición del monolingüismo. Y quien crea lo contrario está defendiendo ―quiza sin saberlo, quizá sin importarle― el modelo social de la escuela franquista, aquella época en que todos estábamos muy cohesionados porque solo se podía estudiar en español.

Aparte de las bondades de la inmersión lingüística en catalán para aprender español y para estar muy, pero que muy cohesionados, nuestros nacionalistas no tienen más argumentos. Eso sí, si te pones pesado y se los rebates e insistes en que la lengua materna es el mejor instrumento para transmitir la educación, como dice la UNESCO ―que alguna autoridad tendrá―, se ponen furiosos y te obsequian con el típico “facha” o, mejor aún, con el más moderno “colono”, y, no contentos con ello, te sueltan la monserga de que odias al catalán. Y, créanme, hasta parece que se lo tomen en serio. La verdad es que estos nacionalistas no demuestran mucha aptitud para el pensamiento lógico. ¿Odian los homosexuales a los heteros, los negros a blancos, las mujeres a los hombres… por reivindicar sus derechos? ¿Odiaba Josep Benet el idioma español cuando reclamaba el uso de la lengua materna catalana en la enseñanza? La mayoría de los padres que quieren educar a sus hijos en español desean también que aprendan en catalán. Me cuesta entender que quien reclame educación en las dos lenguas de Cataluña odie nada. ¿Qué habrá entonces que pensar de los que quieren imponer el uso exclusivo del catalán?

Sin embargo, a pesar de la incoherencia del argumentario nacionalista sobre la inmersión, todos sabemos lo que pretenden. No es que sean ineptos para el razonamiento lógico, no; es simplemente que quieren encubrir como buenamente pueden sus aviesas intenciones. Utilizan la lengua como instrumento para la construcción nacional. El nacionalismo es totalitario: una lengua una nación. No puede admitir pluralidad, no puede condescender a que en un país coexistan pacíficamente dos lenguas, porque solo una, la que representa a la nación, ha de ser reconocida. Todo ese discurso machacón sobre el respeto a la pluralidad lingüística que los nacionalistas reclaman de España se contradice totalmente con su obsesión por la imposición de una única lengua dentro de las ilusorias fronteras de los llamados “Países Catalanes”

Pero nada de esto ocurriría por mucho empeño que pusieran los nacionalistas de turno, si nuestra izquierda nacional no abrazara de manera acrítica cualquier causa contra España y, por supuesto, contra la lengua española. He conocido a más de un zote, incapaz de hablar una sola palabra en catalán, que defiende la inmersión lingüística y que incluso llega a afirmar que el catalán es su lengua, por el solo hecho de que atacar los símbolos patrios ―y la lengua es uno de ellos― es muy de izquierdas y defenderlos, en cambio, es de “fachas”. No hace mucho hemos tenido un buen ejemplo de esta descarriada manera de pensar: la izquierda en bloque, unida a los nacionalistas, han defendido en el Congreso la política lingüística del gobierno valenciano, que premia con el certificado de inglés a los niños que elijan enseñanza en valenciano, discriminando así, de forma descarada, a los que opten, en uso de su derecho y su libertad, por el español. Nuestros progres parlamentarios, ―abanderados de todos los derechos humanos, siempre que no tengan nada que ver con España―, no solo han avalado este maléfico proyecto, sino que se han despachado a gusto con los que se oponen a él recurriendo al manoseado tópico de siempre, que odian al valenciano por protestar.

Y es que España no tendrá arreglo mientras no arraigue en ella una nueva izquierda, capaz de amarla y respetarla, una izquierda dispuesta a reconciliarse y a entusiasmarse con la idea de España, una izquierda que deje de ver en España el adusto y momificado rostro de Franco. Solo entonces será posible que algunos comprendan la terrible injusticia que supone negar a un niño la enseñanza en su lengua materna, como decía Josep Benet.

Que no nos roben la lengua

 

Dolores Agenjo.

5 comentarios en ““Que no nos roben la lengua” por Dolores Agenjo

  1. Yo soy uno de aquellos niños ctalanohablantes sometidos a la “tortura” de aprender en castellano. Yo y 50 más en mi colegio. Ninguno de nosotros sufrió el menor trauma por ello. Cuando ya de veinteañeros oimos aquella reivindicación de la lengua materna nos quedamos bastante perplejos. No habiamos sufrido nada. Todo era una patraña que la izquierda se creyó solo porque lo habia impuesto Franco. Algo así como aquellos alemanes que reniegan de las autopistas solamente porque las construyó Hitler o porque consideran fascistas a lo vegetarianos sólo porque Hitler lo era.

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  2. Aparte de agradecer a Juan su testimonio, tengo que decir que ahora se va muy pronto a la guardería y que en un caso muy cercano de dos hermanos el pequeño si ha tenido y tienes problemas de comunicación.
    La única solución que les han dado a los padres es que le lleven a un colegio privado que oferten castellano.
    Seguramente la recomendación de la UNESCO es para salvaguardar estos casos, naturalmente cuando hay medios como es el caso.
    Muchas gracias Dolores, tu artículo nos refrescas la memoria a los que tenemos unos años y los recuerdos se emborronan.
    Un afectuoso saludo.

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  3. Lo que más desconcierta del sistema de inmersión lingüística en Cataluña es la poca oposición que suscita entre la población castellanohablante según encuestas que se han publicado. En mi opinión este es el único motivo por el que a pesar de que numerosas sentencias judiciales han fijado en un 25% el mínimo de presencia del castellano en la enseñanza, la Generalitat puede permitirse el lujo de incumplir estos mandatos judiciales, y como los peores morosos, obligar a los padres y madres que protestan, a pasar por un calvario judicial para obtener una sentencia favorable que o llega demasiado tarde o genera situaciones de acoso en los centros escolares hacia la persona que ha solicitado ese mísero 25%, que la mente insondable de los defensores de la inmersión interpreta como la intención de acabar con el catalán en la escuela ¿?

    El comentario del catalanohablante que dice que no se sintió torturado por tener que estudiar en castellano me hace pensar que precisamente esta es la razón por la que los castellanohablantes no protestan ahora. En situaciones normales, los niños pequeños adquieren lenguas espontáneamente. Pero existen otras situaciones de niños con dificultades y retrasos de adquisición del lenguaje, y en este caso sí que cabe hablar de tortura.

    Siempre se pone el énfasis en que solo se dan dos horas de castellano a la semana, cuando en realidad resulta mucho más aberrante el hecho de que en la Educación Infantil, hasta los seis años, las horas de castellano son 0 y en muchas escuelas, especialmente en zonas de mayoría castellanohablante, existen consignas de no hablar a los niños NUNCA en castellano.

    No entiendo porqué se plantean las cosas en términos de exclusión, porque para aprender y defender el catalán se debe excluir totalmente el castellano hasta los seis años, porqué a pesar de que en la sociedad real conviven ambas lenguas a diario, en las escuelas se tiene que crear un ambiente artificial en que solo existe una.

    He oído a padres decir que no quieren que sus hijos se contaminen por un ambiente castellanoparlante; éstas mismas personas pondrían el grito en el cielo si les instaran a hablar a sus hijos en castellano, como hacen en muchas escuelas con los padres castellanohablantes al “recomendarles” que hablen a sus hijos en catalán.

    Tampoco entiendo porqué introducir el castellano en un mísero 25% afecta al aprendizaje del catalán y a su “supervivencia” como lengua, o a la supuesta igualdad de oportunidades que según la izquierda genera la inmersión. Reitero la pregunta: ¿Por qué para aprender y dominar el catalán hay que excluir el castellano?
    ¿Por qué la cohesión social es solo aplicable a las clases bajas y medias que no pueden permitirse colegios privados en los que no se aplica la inmersión?
    ¿Por qué el catalán ha de ser la única lengua propia de Cataluña, cuando ambas lenguas tienen en dicho territorio un gran número de hablantes y son igualmente oficiales?
    ¿Por qué según los defensores de la inmersión, un catalán no puede ser bilingÜe sino que ha de ser catalanohablante y solo “apto en otras lenguas”?

    Todas estas preguntas sin respuesta, el empecinamiento irrazonable de la Generalitat y la obviedad de la injusticia de la situación, especialmente en casos de niños con problemas de adquisición de lenguaje, sí que suponen una tortura para todos, padres e hijos.

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  4. La cohesión social se da cuando todos los ciudadanos se sienten valorados y respetados en sus derechos fundamentales, como el de poder seguir hablando en la lengua que habla màs de la mitad de la sociedad. Si los de la otra parte consiguen impedirlo, habrá una sociedad con vencedores y vencidos, y eso no es una sociedad cohesionada. Así no se hace un país.

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  5. Hay que hacer todo lo posible para eliminar la anomalía de no poder estudiar ni usar el español con naturalidad en algunos lugares de españa,, fenómeno insólito,, perversión política, que no se da en ningún lugar del mundo. Habría que concienciar a la ciudadanía del perjuicio de haber delegado la competencia educativa a las comunidades autónomas. Comprobados los efectos de estos años de discriminación deliberada de la lengua común hasta pretender convertirla en extranjera ,con un aprendizaje deficiente y uso institucional nulo.

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