Unas pocas certidumbres, las suficientes

Hace un tiempo que le doy vueltas a un experimento.  Tomaría cierto discurso político, vaciándolo de toda referencia local, de cualquier clave que permitiera identificar al emisor, hasta dejarlo en su más absoluta desnudez, quintaesenciado doctrinalmente. Una vez destilado pediría a unos estudiosos internacionales que me lo ubicaran en elementales coordenadas políticas, comenzando por las más obvias: progresistas/conservadores, izquierdas/derechas.   El discurso en el que pienso, trufado de apelaciones a la identidad de los pueblos, a los privilegios que la historia confiere, a la necesidad de trazar perímetros de decisión a partir de las fronteras culturales, vincula la ciudadanía a la etnia, en su versión cultural, y contempla la posibilidad de que unos ciudadanos puedan excluir de la nación común a otros,  puedan convertirlos en extranjeros en su propio país.

Estoy convencido de que  hasta los más torpes investigadores ubicarían un discurso de esa naturaleza en el rincón más cavernario del cuadro, casi saliéndose fuera de las coordenadas.  En realidad, costaría encontrar, incluso en estos tiempos, un partido político con posibilidades de gobierno comprometido con esas cosas. Los más reaccionarios y xenófobos, a lo sumo, intentan evitar que los extranjeros alcancen la condición de conciudadanos. En ningún caso pretenden convertir en extranjeros a los que ya son ciudadanos.

Quizá algún investigador,  de los que le dan muchas vueltas a las cosas, conjeturase que las palabras proceden de algún líder indígena que, con su mejor intención, trata de defender los derechos  de personas excluidas, marginadas social y culturalmente, mayoritarias en sus territorios, despreciados en su cultura y sin acceso a las posiciones de poder político o económico.

Pensemos en lo que sucedería si levantamos un primer velo de la ignorancia de nuestros investigadores para mostrarles los emisores del mensaje. Podemos anticipar su estupor al comprobar que el discurso lo hacen suyo políticos procedentes de regiones ricas, que ganan más dinero que los presidentes de los Estados en las que se incluyen, viven en los barrios más postineros y que sus apelaciones  a la identidad ha servido para  penalizar a los ciudadanos  con menos recursos y menor capacidad de influencia política, que, son, además, la mayoría. Quizá, intentado salvar los muebles y la reputación, un tanto perplejos, nuestros investigadores, con la boca pequeña, arrojarían una cauta conjetura: estamos ante un versión extrema de la Liga Norte, de la extrema derecha. Y acertarían.

Pero su satisfacción duraría el instante de un pálpito, cuando levantamos todos los velos y le mostramos que esas ideas también las defienden, por acción o por omisión, la izquierda y los sindicatos. Las defienden, las comprenden y descalifican a quienes recuerdan que los ideales de ciudadanía, que están en el origen de la izquierda moderna, nacieron para combatir esas tesis: que el origen no justifica el privilegio. Y el investigador ya empezaría a dudar de su cordura si, para completar el cuadro, le contamos que  nuestra izquierda va todavía más lejos, que, en su desorden intelectual, vincula el aumento del autogobierno democrático con un debilitamiento de las competencias del Estado que, dejan en nada, por comparación, los procesos de privatización.  Y es que cuando todos pueden poner impuestos, nadie puede ponerlos: las comunidades compiten entre sí y, en el camino, se desmonta el Estado, el instrumento de realización de la justicia. Al final, no hay autogobierno por la sencilla razón de que no hay gobierno posible, porque no hay manera de que lo que se decida se pueda ejecutar, si es que se decide.

Los nacionalistas no lo ignoran. Precisamente por eso están en contra del café para todos: si todos tienen la competencia, nadie la tiene. Por eso ellos defienden cupos y unilateralidades: en resumen, privilegios.  Distintos caminos para debilitar la igualdad. Distintos caminos en los que la izquierda, desnortada intelectualmente, ha seguido la senda de los nacionalistas y dar curso a la chatarra intelectual y moral de los “derechos a decidir” de las “comunidades históricas” y los federalismos “asimétricos”.

A la izquierda en los últimos cincuenta años  se le han quebrado muchas certidumbres. Sobre muchos asuntos está obligada a pensar con limpieza mental, evitando encastillarse doctrinalmente y sin temor a mostrar perplejidades y dudas. Simular claridad cuando hay desconcierto es el camino más seguro a opiniones equivocadas. Ahora bien, si es absurdo pretender certezas donde no las hay,  lo es más todavía entregarse a las fantasías románticas y reaccionaria para desprenderse de las pocas cosas claras disponibles, las que han permitido levantar lo más justo y decente de nuestras sociedades, las relacionadas con el ideal de ciudadanía y a su ahondamiento.

Algunos creemos que un compromiso serio con lo que sabemos seguro, que la izquierda nació para arrumbar contra el mito y la sinrazón como argamasas de las comunidades y contra los privilegios como fundamento de la vida social, y la disposición a dudar y discutir desprejuiciadamente sobre nuestro mucho es un terreno suficiente para reunirnos y dar respuesta a los retos de nuestra vida compartida. Esa es mi razón a la hora de sumarme a  la plataforma Ahora.

Félix Ovejero

 

 

2 comentarios en “Unas pocas certidumbres, las suficientes

  1. Muy acertado análisis, dice el refrán que “a río revuelto ganancia de pescadores”, la sinrazón de los manipuladores de masas en Cataluña ha crecido como la infección que no se trata. Y la negligencia de quién no ha querido acudir al médico ha imposibilitado la posible curación. Ostentar el poder de un gobierno central no solo es ocupar puestos para gestionar un país, es priorizar los intereses de un país, de todos los ciudadanos. El gobierno, los gobiernos centrales que se han ido sucediendo han puesto parches en heridas priorizando intereses partidistas y olvidando que el principio rector es la igualdad.
    El dejar de hacer es negligencia, y ahora se recoge lo que se sembró, una anárquica sociedad, por no saber o no querer aplicar esas normas de obligado cumplimiento.
    Así la derecha a lo suyo y la izquierda que no parece tal, a lo suyo también.
    Siempre echo en falta la generosidad de los gobernantes y de sus gestores, quizá esta desesperada idea de seguir luchando pueda poner cordura en este caos para un futuro, está claro que no hay que rendirse.
    Una esperanza, un nuevo punto de partida para que gente desesperada por la destrucción de la unidad y con honestidad y generosidad puede ser la plataforma Ahora, que ayude a planteamientos más desinteresados desde distintos espacios, una sala de curas para replantear el origen de la enfermedad… quizá hay esperanza..

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