¿Es posible una izquierda nacionalista?

Cuando uno lee un título como éste y lo firma un miembro de la plataforma Ahora y que además es diputado provincial de Ciudadanos, enseguida el lector pensará que se trata de una pregunta retórica y que la respuesta es clara: no. Pues si eso ha pensado siga leyendo: sí, es posible.

En España se ha olvidado dos de los principios fundamentales de la izquierda: su carácter internacionalista y su solidaridad. En realidad el primero es consecuencia del segundo. Porque esa solidaridad es entre ricos y pobres. Sean los ricos y los pobres estractos diferentes de una misma comunidad —las clases altas y bajas de una misma sociedad, dirían los marxistas—; países ricos y pobres —del centro y la periferia que dirían los neomarxistas de la CEPAL y aquí entraría ese carácter internacionalista—; o regiones ricas y pobres de un mismo Estado —algo que en España no sostiene ningún partido de izquierdas—. ¿Cómo ser solidarios con Nicaragua o el Congo, y no con Extremadura o Galicia?

El desaparecido nacionalismo español del franquismo consiguió identificar su régimen con el país. Éxito al que aspira toda dictadura, pero que no todas consiguen. Y por eso para la izquierda España es sólo la versión casposa de un país milenario —a los cinco siglos de España hay que sumar la identidad anterior como Hispania e incluso la celtíbera—. Y la alergia de la izquierda es tan intensa que renuncian a mencionar el nombre del país y lo llaman en su ‘neolengua’ Estado español. Pero ni si quiera inventó el término, pues esta izquierda olvida que eso de ‘Estado español’ sí que es franquista. Tras el fracasado golpe de Estado que originó la Guerra Civil, las fuerzas rebeldes comenzaron a utilizar la expresión ‘Estado español’ (y no República española o Reino de España) debido a que las distintas facciones ‘nacionales’ no se aclaraban en la forma de Estado que darían al país. La dictadura era tan amorfa en este sentido que el Estado español fue declarado Reino en 1947, pero no fue designado ningún rey; el Jefe de Estado, Franco, se reservó el derecho a nombrar la persona que considerada más adecuada para el título y retrasó el momento de la elección hasta que en 1969 designó a Juan Carlos de Borbón como sucesor oficial.

Así que la pretendida ‘neolengua’ izquierdista y nacionalista ni siquiera era capaz de inventarse nuevos términos. Pero disquisiciones semánticas aparte, izquierdas y nacionalismos ya desde la II República comenzaron una andadura común en su desprecio por el sentido patriota español que incluye la unidad del país.

Por Izquierda Unida, por ejemplo, han pasado muchos partidos, algunos de ellos con claras sintonías con los separatismos como Izquierda Castellana o el Colectivo de Unidad de los Trabajadores – Bloque Andaluz de Izquierda de Sánchez Gordillo, ambas formaciones con vínculos de hermandad con Herri Batasuna y/o sus herederos. Líderes de Podemos los hemos visto en ‘herriko tabernas’. Y hay multitud de formaciones políticas que se declaran de izquierdas y nacionalistas (ERC, CUP, Andecha Astur, BNG, Nación Andaluza, herederos de las marcas proetarras…).

¿Tiene sentido ser de izquierdas y nacionalista? Es más, ¿se puede ser socialista —en su sentido más amplio— y nacionalista?

La izquierda irrumpió a finales del siglo XIX porque las revoluciones burguesas liberales no solucionaron los problemas de los excluidos. Por ello tuvo que aparecer un nuevo concepto político que aunase a los pobres de todos los Estados. Por el contrario, el nacionalismo de la Europa de finales del XIX y principios del XX se encargó de hacer de las diferencias de los distintos pueblos un principio de convivencia tan imposible que cada pueblo necesitaba tener su propio Estado, y a ser posible ‘puro’. Un pueblo, un líder, un Estado. Y la izquierda europea no consiguió en la I Guerra Mundial que los principios socialistas de luchar unido el proletariado frente a los abusos patronales prevaleciesen sobre los intereses de los nacionalistas. Se puede decir que el socialismo perdió la batalla contra el nacionalismo. Y masas de obreros/soldados murieron en los campos de batalla.

En los años 20, socialistas radicales en diferentes lugares de Europa confeccionaron un innovador tipo de socialismo. Uno que en lugar de ser marxista se hacía nacionalista y que cambiaba el concepto de ‘clase’ por el de ‘pueblo’. Y así surgió lo que después se conoció de forma genérica como fascismo pero que tuvo muchas variantes. Y muchos de sus principales dirigentes venían del socialismo marxista: los hermanos Strasser del Partido Nacional Socialista de los Trabajadores Alemanes; el fundador del Nasjonal Samling (‘Encuentro Nacional’ o ‘Unión Nacional’) —colaboracionista del nazismo alemán— fue Vidkun Quisling, que provenía del Partido Laborista Noruego y tenía la finalidad de copiar una revolución socialista como en Rusia; Pierre Laval, que estuvo al frente del Gobierno francés de Vichy, era miembro del Partido Socialista; Oswald Mosley pasó del Partido Laborista Independiente a fundar en 1932 la Unión Británica de Fascistas…

Si nos acercamos más en el tiempo hay otros casos de recuerdo tan triste como los recién mencionados. La unión de socialistas y ultranacionalistas en la Serbia de Slobodan Milosevic y sus políticas ‘limpieza étnica’ nunca fue objeto de crítica de Izquierda Unida, quien en cambio se lamentó del fallecimiento del dictador serbio y preocupada pidió explicaciones sobre las causas de su muerte en una prisión holandesa mientras esperaba juicio por delitos de genocidio.

Acercándonos a España, la integración de las juventudes de ERC con las de Estat Català dio lugar a una milicia paramilitar, los ‘escamots’, con una estética claramente fascista: camisas color verde oliva con banderas negras con las barras ‘catalanas’ —aragonesas en realidad— y una estrella en blanco. Los ‘escamots’ destacaban en 1933 —el año de la subida al poder de Hitler en Alemania— como una organización de combate contra los anarquistas. Desde los sectores del catalanismo ‘progresista’ se les tildaba de «aprendices de nazis» y del «fascio de Macià», y provocaron el rechazo incluso en sectores de ERC. Los ‘escamots’ tuvieron un papel destacado en la proclamación del Estado catalán en octubre de 1934, aprovechando los altercados de la Revolución de Asturias. Josep Dencàs, líder de esas milicias, fue el único miembro de ese gobierno que evitó la cárcel, huyendo por las alcantarillas del Palacio de la Generalidad, y de ahí escapó al extranjero, apareciendo tan sólo una semana más tarde en el balcón de la Piazza del Popolo, en Roma, durante un discurso de su protector, Benito Mussolini.

Esto no es una coincidencia aislada. Jon Miranda, un teórico del nacionalismo vasco, era asiduo colaborador en la revista francesa “Le Devenir Européenne”, fundada por Yves Jeanne, un antiguo combatiente de las SS francesas. En el subtítulo de esta publicación se calificaba de ‘etnicismo-socialista’, y se podían leer reflexiones de Miranda como ésta:

«Pienso que es la raza y no la lengua lo más importante […]. Espero que el futuro gobierno de Euzkadi expulse a esos semita-camitas españoles y demás negros que se han asentado en nuestra patria o los reduzca a un estrato de humanidad inferior».

En esa revista también escribía con frecuencia otro nacionalista: Federico Krutig de Arteaga, quien fuera miembro de ETA entre 1965 y 1968. Y expresaba opiniones como:

“Una mezcla de vascos con elementos negríticos desvirtuaría la raza vasca y difícilmente se podría tratar de un vasco o un negro”.

Soy un enemigo acérrimo de la mala costumbre de calificar de fascistas a todos los rivales políticos, porque el fascismo obedece a una teoría política concreta. Y algunos males de la política no son fascistas, por mucho que en el fascismo sea difícil encontrar algo positivo. Por ejemplo, el clericalismo no es fascista sino tradicionalista; el aumento de impuestos indirectos suele obedecer a políticas liberales; gravar en exceso las herencias es más típico de la socialdemocracia y de todo lo que quede a su izquierda —salvo al anarquismo por adolecer de Estado—; el anticlericalismo es más bien izquierdista en sus múltiples facetas… Yo llamo fascismo a lo que es fascista.

Y la izquierda claro que puede ser nacionalista, pero esa variante tiene un nombre bien definido: fascismo. Aunque precisamente sean ellos —los nacionalistas radicales de izquierda— los que nos insulten a los demócratas que luchamos por la libertad llamándonos fascistas o ‘txacurras’ (perros).

Gonzalo Sichar.

Un comentario en “¿Es posible una izquierda nacionalista?

  1. Tu exposición es muy clara, digna de un librepensador que no debería anclarse a partido político alguno. Aunque vivamos tremendamente politizados y nuestras inclinaciones no las podamos (ni debamos) disimular, estamos siempre en peligro de sufrir un nuevo desengaño. Me alegro mucho, no obstante, de que sigas siendo tú mismo, dificilmente manipulable…

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