El laicismo bien entendido

Supongo que si me leen en estas fechas estarán disfrutando de este puente festivo llamado Semana Santa, esta festividad que tanto creyentes, como ateos, agnósticos, etc. disfrutan -salvo que sean de estos desgraciados como en mi caso que también trabajan en estos días tan soleados-.

Precisamente el jueves pasado fue un tema de destacado interés el hecho que se autorizó por parte del Ministerio de Defensa que la bandera de los edificios del ejército ondeasen a media asta hasta el domingo de Resurrección, dicho de otra manera, se usó un medio estatal (como es el ejército) para conmemorar un evento religioso como es la muerte de Jesucristo. Y es entonces cuando me pregunto, la aconfesionalidad, que es nuestro actual marco legal donde se desarrolla el Estado y su relación con los ciudadanos, ¿es realmente suficiente para garantizar el libre ejercicio de la libertad religiosa? Yo les digo, claramente NO, y los soldados musulmanes y de otros credos que se ven obligados a bajar un asta para conmemorar un hecho de un credo que no comparten me lo podrán atestiguar.

Antes de hablarle sobre la necesidad furibunda de defender el laicismo como pilar básico de nuestra sociedad, me gustaría aclarar unos conceptos previos:

Una duda que surge mucho es si las acepciones laicismo ­y ­laicidad vienen a ser sinónimas, ya que laicismo hace una evocación al movimiento ideológico, laicidad haría mención al estado ideal de emancipación de las instituciones religiosas y del Estado, dicho de otro modo, el ­laicismo sería entendido como proceso a alcanzar y laicidad como el fin mismo, por ello creo a mi juicio que ambos son dos caras de una misma acepción, porque pueden haber personas muy creyentes y muy ateas que persigan el mismo ideal y colaboren en pos de un mismo objetivo común.

Otra apreciación es la de que el laicismo se puede entender desde dos perspectivas: Negativa, es decir como la ausencia de intervención del Estado en los asuntos religiosos que conciernen al ámbito individual, y positiva como la capacidad del Estado de regular las relaciones entre el ciudadano y el Estado sobre materia religiosa.

Es precisamente esta última percepción la que ha sido utilizada por los movimientos radicales, situados entre el anticlericalismo y en caso español, especialmente el anticatolicismo, para ‘’agenciarse’’ el monopolio del uso de un concepto como éste, que lo desvirtúa y lo convierte como rehén de sus acciones, haciéndolo incluso impopular en ciertos sectores sociales en determinadas épocas de la historia, ya que como suele pasar, la radicalización comporta una polarización indeseada por la mayoría popular, que puede llevar a interpretar la parte con el todo.

Es muy importante diferenciar los principios del laicismo del anticatolicismo y del anticlericalismo porque el laicismo defenderá con igual o más ímpetu la libre potestad de ejercer su credo cualquier ciudadano, siempre y cuando se haga desde la esfera individual y privada. La fe es fruto de la decisión personal, y nadie ni algo pueden frenarlo.

La defensa del laicismo que propugna y defiende Ahora Plataforma (y la cual suscribo y comparto plenamente) es integral, ampliándose no solo a no intervención de la religión en la vida pública, sino extendiéndose a la etnia (ninguna característica común del individuo debe ser motivo de discriminación), cultura (una herramienta poderosísima de control social si es usada con fines perversos por parte del Estado), por ello creo que a mi juicio se debería apoyar con firmeza:

  • La defensa de una escuela pública, única, laica, universal, gratuita para los niños y que promocione y fomente el libre pensamiento, la creatividad y el método científico como manera más lógica de llegar al ­conocimiento.
  • La eliminación de la cobertura estatal (sea de manera financiera, cesión de espacio público o publicidad en medios) de cualquier festividad, acto o promoción que afecte a cualquier credo institucionalizado, sea que el que sea, fuera el que fuere.
  • Avanzar hacia la auténtica igualdad legal de la organización de las instituciones religiosas, ya que actualmente en España hay una mayoritaria (la Iglesia Católica Apostólica Romana) que posee determinadas prebendas –como el Concordato con el Vaticano, exención del IBI, casilla propia en el IRPF- que, suponen un privilegio legal que discrimina tanto a los ciudadanos que tienen otra fe como a las otras organizaciones religiosas, rompen con el precepto de protección de las minorías que es fundamental en democracia.

Finalmente, sé que puede resultar controvertida la inclusión en el título de un concepto tan subjetivo como es el del ‘’bien’’, pero el enfoque que he querido mostrar es plenamente aclaratorio y ilustrativo, para que así la luz de la razón, guíe a las personas, a los ciudadanos, en la senda del conocimiento.

 

José Javier Saldaña Gonzaga.

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