Elecciones francesas: Europa en la encrucijada

Las recientes elecciones en Francia son una muestra más del proceso general de descomposición que está experimentando la política en las sociedad occidentales. La aguda crisis económica que nos asola ha sido acompañada de una análoga crisis política que ha puesto en cuestión varios de los principales cimientos en los que se asentaban las sociedades democráticas. Una vez más, volvemos a ser testigos de un auge imponente de partidos de corte antipolítico que organizan su discurso en torno al desprestigio generalizado de las instituciones y propugnan soluciones grandilocuentes, de trazo grueso, frente a problemas con una causalidad múltiple y compleja. Volvemos a observar cómo se contrapone pueblo a élites, y cómo se explota de manera tan torticera como efectiva las desiguales consecuencias que la globalización ha acarreado, colocándose el acento en aquellas personas que peor han digerido los efectos de las economías abiertas, de la competencia despiadada que determinados agentes económicos y políticos plantean, y del inevitable desequilibrio que se deriva de ese estado de cosas.

En esta ocasión, el descontento y la frustración se han canalizado a un extremo y otro del tablero político, con especial resonancia en el resultado del ya conocido, y aterrador, Frente Nacional. Un partido hoy levemente barnizado por un liderazgo presuntamente amable, que ha sustituido la violencia dialéctica de antaño por un discurso algo más refinado, que sin embargo mantiene la esencia xenófoba, intolerante, y reaccionaria de siempre. No podemos enfrentar fenómenos así con titubeos y medias tintas, debemos hacerlo con la total contundencia de quien rechaza la banalización del miedo y la intolerancia como armas habituales de la acción política. El Frente Nacional representa, en esencia, la actualización posmoderna del fascismo años treinta, sometido a una intervención calculada y medida de marketing, idónea para hacer convenientemente translúcidos los elementos más beligerantes de su discurso – los más proclives a suscitar el enconado y generalizado desprecio del electorado – al tiempo que focaliza el discurso y lo potencia en el rechazo a las políticas hegemónicas en Europa, causantes de desigualdades y desequilibrios plurales, elementos que son convenientemente utilizados para explotar un discurso populista dirigido a las capas sociales más débiles y desfavorecidas.

El componente fuertemente identitario del Frente Nacional entronca bien, además, con la pulsión nacionalista que vertebra su ideario: la exaltación de una entidad metafísica y poco menos que sobrenatural (la nación étnica), preexistente a cualquier pacto civil, de la que emana una legitimidad primigenia y superior, que por tanto excluye a cualquiera que venga de fuera, haciéndole por definición y a priori sospechoso y potencial chivo expiatorio de cualquier mal. El discurso es, por desgracia, tristemente conocido – aunque proyectado en otras demarcaciones territoriales – por estos lares.

Al otro extremo del tablero, también confluyen tentaciones identitarias que han terminado suponiendo de facto la triste descomposición de la izquierda. El proyecto socialdemócrata francés ha quedado dilapidado y subsumido entre dos bloques que han certificado su fagocitación electoral. Por la derecha, la izquierda socialdemócrata ha sido arrollada por el discurso aseado y superficialmente progresista de un joven banquero que rechaza las denominaciones ideológicas – nada más ideológico que ese presunto abstencionismo, por cierto – al tiempo que promete incidir en la senda de la austeridad indiscriminada y la clara contracción del gasto público. Por su vertiente izquierda, el socialismo democrático se ha visto claramente sobrepasado por un movimiento político abiertamente partidario del repliegue identitario, del proteccionismo económico y de la ruptura con la Unión Europea.

El caso francés no es único, pero sí paradigmático. Refleja con total precisión lo ocurrido en otros países europeos, y marca tendencia sobre los grandes interrogantes que se plantean sobre el futuro de la Unión. Algunos se han aprestado a realizar un análisis optimista y seguramente bienintencionado de lo acontecido, basado principalmente en la derrota electoral de Le Pen frente a Macron en esta primera vuelta, que, a buen seguro, se confirmará de manera ampliada en el ballotage. No cabe duda de que la derrota de opciones que impugnan de manera indisimulada los consensos democráticos más irrenunciables y el pluralismo político en que se basan las sociedades abiertas no puede sino catalogarse, efectivamente, como una gran noticia. En este mismo sentido, cualquier vacilación ante la segunda vuelta que se avecina en Francia resulta intolerable; es hora de tomar partido para salvaguardar el orden democrático y las libertades civiles de todos los ciudadanos, para lo cual se antoja absolutamente indispensable una contundente victoria electoral de Emmanuel Macron, cuya candidatura apoyamos con decisión desde Plataforma Ahora.

Con todo, creemos firmemente que limitarnos a constatar nuestras preferencias más instintivas sería un análisis tan insuficiente como peligroso. Las relaciones de causalidad entre las políticas que se han llevado a cabo durante estos últimos tiempos y los resultados que arrojan las urnas son innegables. No queremos decir con esto – entiéndase bien – que Emmanuel Macron tiene, ni lejanamente, la más mínima cuota de responsabilidad en el alto porcentaje de voto de Marine Le Pen. Queremos significar, muy por el contrario, que el actual proceso de construcción europea revela unos importantes déficits democráticos que han acarreado un creciente sentimiento de exclusión del sistema de amplios grupos sociales, al tiempo que las políticas económicas preeminentes, basadas en una errada concepción de la austeridad indiscriminada y en la proliferación de los recortes sociales, consiguiendo un acortamiento inaceptable de las grandes conquistas sociales aparejadas al Estado del Bienestar, han supuesto la peligrosa generalización del descontento social y de la sensación de exclusión social y política.

Desde Plataforma Ahora hemos expresado en reiteradas ocasiones nuestro deseo de potenciar el proyecto europeo y, sin duda, en este proceso cualquier planteamiento nacionalista, que nos aboque hacia el repliegue identitario, el cierre de fronteras y el ensimismamiento nacional debe rechazarse de plano. Si a estas alternativas se le adhieren, además, componentes de intolerancia, odio y miedo al diferente, nuestro rechazo no puede sino ser contundente, radical y sin paliativos. Ahora bien, este rechazo no puede dejar de estar acompañado de la firme y convencida exigencia de que se modifique el rumbo que actualmente sigue Europa. Precisamos caminar hacia una verdadera armonización fiscal que acabe de raíz con las dinámicas de competencia desleal y deslocalizaciones en las que nos encontramos sumidos. Al mismo tiempo, es imprescindible que los principales responsables políticos comunitarios reflexionen seriamente sobre el camino recorrido hasta el momento, y se pregunten sobre la conveniencia de incidir en unas políticas que han incrementado las desigualdades, a la par que agravaban las consecuencias de la crisis económica que aún padecemos. Necesitamos preservar, sin hipotecas ni injustos recortes sociales, las conquistas del Estado del Bienestar, concreción política tangible de la mayor expansión de posibilidades de vida a un mayor número de gente, como nunca antes se conoció en la Historia.

Sin una reflexión sincera, no exenta de autocrítica, Europa seguirá deslizándose por el peligroso alambre del desequilibrio socioeconómico y de la desafección política. Para corregir esta senda errada y reorientar el rumbo, estimamos que el papel de la izquierda, en su modalidad universalista, igualitaria, cívica y progresista, será esencial. Somos profundamente escépticos ante proyectos políticos que han prometido reducir el papel del Estado en la economía, deslizando la errónea sugerencia de que es éste quien ha provocado los desequilibrios que enfrentamos, y omitiendo cualquier crítica a las malas regulaciones o regulaciones inexistentes que han permitido el desarrollo de una modalidad de capitalismo financiero especialmente disfuncional. No creemos que la aplicación de las mismas políticas por políticos diferentes garantice resultados muy dispares, sino esencialmente los mismos. Por ello entendemos que es ineludible una modificación sustancial de las políticas a aplicar, para lo cual será imprescindible el papel de una izquierda que debe ser capaz de resolver su propia fractura e integrar corrientes y familias a fin de articular un proyecto inclusivo y creíble, a la vez institucional y radical en la búsqueda de soluciones, inequívocamente progresista y racionalmente socialdemócrata.

Sólo así será posible minimizar el impacto de las fuerzas que reaccionan contra nuestro marco de convivencia. Preservándolo decididamente en vez de agrietarlo incidiendo en errores pasados.

 

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