La izquierda que queremos

El debate celebrado entre los tres candidatos a la secretaría general del PSOE ha vuelto a confirmar la grave crisis en la que se encuentra sumido el principal partido de la izquierda española. Cierto es que no se trata de una crisis exclusiva de nuestro país, sino más bien de un agudo proceso de descomposición compartido por los partidos socialdemócratas oficiales en toda Europa. Sin embargo, en España confluyen con especial virulencia algunos elementos especialmente significativos y hasta excepcionales que agravan el descrédito de las organizaciones que presuntamente ostentan la titularidad de ese espacio político en nuestro país.

Pudimos asistir a un debate sustancialmente vacío donde quedó expuesto, en primer lugar, uno de los problemas centrales de la izquierda institucional y socialdemócrata española: la falta de líderes de la entidad suficiente para encabezar un proyecto alternativo al que en la actualidad gobierna España. En segundo lugar, resultó patente un problema adicional aún mayor: la ausencia de proyecto político sólido y autónomo, sustituido por un manual de lugares comunes, permanentemente definidos por oposición al PP, y perfilados según los cánones que previamente diseña Podemos. Una permanente fluctuación que diluye la identidad socialdemócrata del PSOE y que constriñe su proyecto hasta hacerlo completamente líquido e intrascendente.

Cuando el criterio principal para calibrar el progresismo de un proyecto es la irracional, pueril y sistemática oposición al PP, concurra o no motivo bastante para fundamentar dicha oposición (y conste que nosotros creemos que hay motivos de sobra para tal oposición), estamos ante un indicio relevante de que se carece de proyecto autónomo y verdaderamente alternativo al de la derecha. Cuando, además, para conformar dicho proyecto, se mira permanente por el retrovisor ideológico el comportamiento de Podemos -aún en la más pura banalidad- y la toma de posición sobre los asuntos centrales siempre se hace en relación a los pronunciamientos de la alternativa populista, podemos concluir que las carencias son indiscutibles.

La socialdemocracia española experimenta la misma crisis aguda que la de sus correligionarios europeos: por el flanco derecho, asiste impávida a la competencia electoral de alternativas potenciadas mediáticamente, aparentemente progresistas, y sustancialmente liberales en lo económico. Esta competencia por la derecha es posible por la incapacidad de la izquierda para plantear con credibilidad y sin maximalismos populistas un cambio de paradigma en las políticas económicas llevadas a cabo en la Unión Europea, caracterizadas por una defensa de la austeridad indiscriminada y de los recortes sociales, que han hipotecado la sostenibilidad del Estado del Bienestar. Por el otro flanco, la izquierda socialdemócrata, institucional e indubitadamente defensora de las reglas de juego democráticas, se ha visto gravemente amenazada por el auge de movimientos populistas e identitarios. En España, esto se percibe de manera clara por el fenómeno Podemos y su firme alianza con partidos nacionalistas y de corte identitario. La socialdemocracia española, golpeada con fuerza por ambos agentes disolventes del tablero político, se diluye paulatinamente entre la irrelevancia y la ausencia de respuesta a los interrogantes más acuciantes de nuestro presente.

Especialmente peligrosa resulta su renuncia al proyecto igualitario de ciudadanía compartida, génesis histórica de la lucha contra las desigualdades de origen y procedencia. La bandera igualitaria, irrenunciable en cualquier proyecto progresista, se ha sustituido con demasiada facilidad por las pequeñas reivindicaciones identitarias. Así, los candidatos socialistas, por más que se quiera ahora disimular, debatieron dentro del marco cerrado que han trazado algunos de sus más reaccionarios rivales políticos y oponentes ideológicos. Cuando la izquierda se ve compelida a fantasear, elucubrar o divagar en torno a naciones étnicas o identitarias, el proyecto igualitario y universalista que debiera conformar el elemento central de cualquier alternativa socialdemócrata salta, indefectiblemente, por los aires.

Desde Plataforma Ahora, lamentamos constatar que la izquierda oficial de este país experimenta una terrible amnesia sobre su identidad ideológica. Esta identidad debiera pivotar, precisamente, sobre el firme rechazo de toda causa identitaria. La identidad más genuina de la izquierda es la lucha por la igualdad: el combate incansable contra los privilegios de todo grupo, etnia, raza o estamento. Para ello, es absolutamente indispensable- y urgente- rechazar de manera contundente, sin titubeos o estratagemas cortoplacistas de índole electoral, cualquier alianza con el nacionalismo. La ubicación en la escala izquierdista/progresista de los nacionalismos identitarios como potenciadores del espíritu transformador del proyecto de la izquierda es una falsedad conceptual tan arraigada como perniciosa. Pero no por estar arraigada en el imaginario colectivo, debemos conformarnos con aceptar tamaña falsedad. Si la izquierda socialdemócrata continúa jugando un papel cómplice en la mascarada identitaria que nacionalistas y populistas alientan, el proyecto alternativo del socialismo democrático quedará definitiva e irrevocablemente diluido.

Desde Plataforma Ahora, no renunciamos a hacer pedagogía democrática sobre nuestra ciudadanía compartida y el valor de la igualdad. Reivindicamos una izquierda que rechace de plano la fragmentación del Estado – verdadero soporte jurídico de la nación cívica, conformada por ciudadanos libres e iguales-. No sólo rechazamos dicha fragmentación, sino que creemos en la futura superación de fronteras dentro del proceso de construcción de Europa, espacio político supraestatal cuya consolidación es esencial para plantear un proyecto político que rescate la socialdemocracia y la sociedad del bienestar. Diluir cualquier Estado en pequeñas parcelas identitarias donde el legítimo derecho a la diferencia sea espuriamente transmutado en una intolerable diferencia de derechos supondría, a su vez, la sepultura de cualquier anhelo de justicia social, redistribución y lucha contra las crecientes desigualdades sociales y económicas de nuestra era. Si la izquierda es incapaz de recordar y recuperar elementos centrales de su proyecto ideológico más primigenio -como la igualdad o la expansión de derechos de ciudadanía más allá de unas determinadas fronteras- y, por el contrario, continúa al servicio de fuerzas reaccionarias, cualquier esperanza para una alternativa verdaderamente transformadora de las condiciones de vida de los más débiles se difuminará definitivamente.

Plataforma Ahora nació para luchar activa y decididamente por una alternativa de izquierda cívica y universalista, radicalmente institucional y democrática, y abiertamente reacia a cualquier sumisión ante las fuerzas identitarias, populistas, y nacionalistas, al entender que todas ellas son eminentemente reaccionarias. Que las alternativas de izquierda institucional y democrática en nuestro país estén debilitadas no nos parece una buena noticia. Entendemos que todavía estamos a tiempo de revertir esta situación. En el campo de las ideas, es imprescindible seguir dando la batalla ideológica para disociar izquierda de nacionalismo, conceptos políticos incompatibles. Para que exista alternativa, la izquierda tiene que volver a confiar en sí misma, y en su capacidad para proponer una alternativa autónoma y capaz, que no ceda ante las tentaciones o atajos de labrar alianzas contra natura que terminen por operar un vaciamiento ideológico del proyecto socialdemócrata y su sustitución por viejas recetas que casan mal con las coordenadas clásicas de ciudadanía compartida, igualdad, libertad y solidaridad. En la práctica, todos los que compartimos este planteamiento político debemos trabajar juntos, más allá de nuestras militancias partidistas concretas, puesto que es indispensable articular una alternativa amplia y transpartidaria que reubique en la centro del debate político de nuestro país el ideario de una izquierda verdaderamente progresista.

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