Las sociedades abiertas frente al terrorismo internacional

 

El nuevo embate del terrorismo internacional en Londres vuelve a hacer saltar todas las alarmas acerca de la amenaza global que se cierne sobre todo el mundo occidental y, en especial, sobre nuestro sistema de convivencia. Cierto que es que estos ataques- indiscriminados, cruentos, sanguinarios y aberrantes- no se dirigen en exclusiva a las sociedades occidentales, sino que afectan en numerosas ocasiones a países que se hallan injustamente alejados del foco mediático. Sin embargo, no es incorrecto sostener que los mismos- como ocurre con todo acto terrorista- tienen una clara motivación política: poner en jaque el sistema de convivencia democrática y pluralismo político de las sociedades abiertas.

Frente al terrorismo internacional, cualquier amago de titubeo puede ser letal. A los fanáticos que utilizan los peores influjos de la religiones para asesinar no se les puede tratar de entender o justificar, porque lo que hacen es lisa y llanamente injustificable. Las voces que claman, siempre de la manera más inoportuna, recordándonos las indubitadas fallas de la democracia, obvian algo aún más incontrovertible: el perfeccionamiento de nuestros sistemas democráticos nunca podrá traer causa de los ataques salvajes que persiguen su aniquilamiento. Obviamente- da sonrojo tener que recordarlo- la democracia es un sistema perfectible, mejorable, y profundamente imperfecto. Carece de la rigidez y el hieratismo propio de los despotismos, donde la crítica libre y los pesos y contrapesos entre los diferentes poderes son inexistentes. Sin embargo, todas las reflexiones que quepa hacer sobre nuestros sistemas políticos y todas las medidas que hayan de implementarse para su mejora y ampliación han de responder a procesos autónomos, generados con libertad por nosotros mismos, y que en modo alguno vengan condicionados por los fanáticos que nos chantajean a diario con el uso indiscriminado del terror precisamente para lograr que cedamos y nos allanemos ante su unilateralismo teocrático.

En un momento tan determinante de la Historia como éste que enfrentamos, en una encrucijada de tal envergadura- en la que reverdecen con más fuerza y vigor que nunca fanáticos criminales dispuestos a entregar su vida causando el mayor dolor posible entre los demás y atentando no sólo contra las concretas víctimas de sus ataques criminales sino también contra el conjunto de los cimientos democráticos de nuestras sociedades- hemos de articular una respuesta internacional coordinada, contundente y exenta de tentaciones justificadoras de los ataques infligidos.

Entre los valores a preservar, si cabe con más celo hoy, cuando se propagan con especial virulencia los intentos de fracturar todos los consensos democráticos en torno a los que pivotan nuestras vidas, cabría destacar la necesidad de reivindicar la libertad de profesar cualquier credo religioso, o de no profesar absolutamente ninguno. En eso consiste, en esencia, el laicismo. Un laicismo religioso, y también identitario, que no puede situarse entre paréntesis, por burda y acomodaticia conveniencia política cuando más avanzan las fuerzas disolventes de nuestros derechos y libertades. El laicismo, lejos de esa acepción errónea que manejan algunos, no es una postura antireligiosa, sino la mejor garantía para preservar las libertad de todos respecto al hecho religioso. Para que esa libertad sea absoluta, en su reconocimiento y en su ejercicio, es fundamental que los poderes públicos estén completamente emancipados y separados de cualquier institución religiosa. Obviamente, el laicismo religioso no gusta a quienes entienden que el derecho positivo de aplicación ha de ser el derecho natural de génesis religiosa. Tampoco a quienes sugieren equivocadamente que la mejor manera de enfrentar la descomunal amenaza que se cierne sobre todos nosotros es optar por el apaciguamiento y la conciliación. Olvidan lo esencial: no hay conciliación posible entre la libertad y la tiranía, como tampoco la hay entre los derechos humanos y la vulneración sistemática de los mismos.

Tan peligrosa como la opción de ese apaciguamiento artificial e imposible, resulta la respuesta que desde el propio corazón de Europa empieza a vislumbrarse con más fuerza de la que cualquier demócrata desearía. Hablamos del repliegue identitario. Al calor de la profunda crisis política que atraviesa la Unión, han cobrado especial fuerza los identitarismos y populismos de corte xenófobo y racista. Perfectamente alineados con el comportamiento análogo del presidente estadounidense- termómetro simbólico de los oscuros tiempos que vivimos- demasiados han optado por abrazar con fruición el cierre de fronteras y el odio indiscriminado al diferente como receta mágica para todos los males. La estrategia no es nueva, y siempre ha sido utilizada por todas las dictaduras a lo largo de la Historia: el diseño a conciencia de un chivo expiatorio, de una verdadera alteridad radical que permita proyectar el conjunto de los males internos hacia un enemigo exterior, normalmente inventado, distorsionado o agrandado a conveniencia para mayor gloria de los espurios fines que se persigan. Quienes piensen que levantar muros y fragmentar la humanidad entre alambradas es la solución no sólo yerran completamente, sino que además inciden en uno de los elementos compartidos por el mal que presuntamente combaten: el fanatismo, el desprecio a la diferencia, la no aceptación del disidente o del escéptico, el miedo a la libertad.

Ni el torpe apaciguamiento, ni la reacción identitaria son la solución. Y tampoco, aunque haya muchos bienintencionados que lo proclaman a los cuatro vientos, promocionar supuestas identidades benignas y protectoras en torno a las que obtener certezas y alcanzar consensos. La grandeza cualitativa de las democracias se basa en el ideal de ciudadanía: en la reivindicación de nuestros derechos en base a leyes otorgadas democráticamente que son iguales para todos, y frente a las que todos somos iguales. Más allá de nuestras particularidades biográficas, culturales, religiosas, lingüísticas o genéticas, todos somos ciudadanos y, en virtud a esa condición, disfrutamos de unos mismos derechos y obligaciones dentro de una comunidad política. Reivindicar esa ausencia de identidades obligatorias como la seña de identidad – valga la paradoja- de las sociedad abiertas es el mejor antídoto frente a cualquier fanatismo.

Hoy más que nunca, desde Plataforma Ahora queremos manifestar nuestra desacomplejada defensa de la democracia y de la libertad. En la tradición de la izquierda progresista e ilustrada, la que nace de la Revolución francesa y de sus coordenadas de libertad, igualdad y fraternidad, entendemos que la democracia no puede contraerse ante los ataques que recibe o allanarse ante los intolerables chantajes que experimenta. Muy al contrario, debe solidificar sus cimientos más básicos, ampliar y mejorar las garantías y derechos que consagra, sin renunciar a una justa radicalización y expansión de sus conquistas. Al tiempo, las sociedades abiertas han de seguir asumiendo la inevitable desventaja de ser permeables y receptivas a las pulsiones que, con frecuencia, amenazan su pervivencia. Es inevitable y está en su naturaleza. Frente a los celebradores del viva la muerte, los que odian el mestizaje inherente a la condición humana, nosotros tendremos que seguir nuestras vidas, sin regalar espacio al temor. Con respuestas políticas- contundentes, desacomplejadas y reticentes a cualquier justificación del terror- y una defensa cerrada de aquello que más odian los fanáticos de cualquier condición: la democracia, la tolerancia y la libertad.

Un comentario en “Las sociedades abiertas frente al terrorismo internacional

  1. Vivimos en una sociedad con demasiadas contradicciones, nos alejamos demasiado dé lo que pensamos, a la hora de expresar lo que decimos. Nos dejamos influenciar demasiado, por lo que es considerado políticamente correcto. Está es una sociedad lastrada con una carga demasiada pesada de hipocresía.

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s