Comisiones de descontrol

¿Hay un sólo español que sepa cuantas comisiones de expertos existen? ¿Cuantos órganos de control, supuestamente creados para supervisar el buen gobierno de organizaciones diversas, y que sin embargo no son operativos o, lo que es peor, fracasan estrepitosamente?

Las preguntas no son retóricas y me parecen esenciales para entender la degradación institucional que desde hace décadas afecta a España y muy especialmente su descenso paulatino a unos niveles de corrupción insoportables para cualquier democracia sólida. Y es insoportable porque a mayor corrupción percibida más leña al fuego del discurso populista cuya rentabilización de la rabia es su única baza.

Los órganos de control – sean estos comisiones de expertos, comités evaluadores, comités de ética o patronatos, por mencionar solo unos pocos – para que realmente controlen deben estar integrados por personas muy cualificadas en la materia objeto de supervisión. Si se trata, por ejemplo, de control financiero, mucho mejor que el experto sea inspector de Hacienda, ‘controller’ o contable, pero en cualquier caso debe tratarse de alguien con una trayectoria muy sólida en ese campo. Alguien, en resumen, a quien no sea sencillo colarle un gol. No hacerlo así supone pervertir ‘ab initio’ el sentido de una institución y transformar la acción de control en una mera liturgia que transmita la apariencia de transparencia sin que en realidad exista atisbo de ella. Tener un comité de expertos no supone nada, si los expertos se limitan a ratificar una decisión previamente adoptada o, a lo sumo, a hacer un par de preguntas vagas, genéricas y previsibles…

Recuerdo ahora las declaraciones de la mayoría de ex consejeros de Caja Madrid tras el escándalo de las ‘tarjetas black’ y muchos de ellos disculparon su apoyo a aquel latrocinio de Estado alegando su más absoluta ignorancia en materia de cajas y asientos contables ¿Pero entonces que demonios hacían de ‘consejeros’ si eran conscientes de ignorarlo todo sobre la materia que debían aconsejar? Firmaban, apoyaban, asentían y legitimaban con su falsa supervisión algo que a todas luces les superaba. Por acción u omisión fueron y son culpables.

El problema que tenemos con tal avalancha de comités de expertos y órganos de control – en gran parte un efecto perverso de las leyes de transparencia, tan procedimentales- es que sus integrantes muchas veces no son expertos sino más bien conocidos en el mundillo sectorial (rostros legitimadores), cargos políticos (véase las cajas) o politizados y a veces personas a las que se quiere agasajar o retribuir con tal dignidad. Ninguna de esas razones sería en si misma mala, siempre que el experto realmente lo fuera. Y los numerosos escándalos en donde los consejeros, patronos o expertos confiesan su más absoluta ignorancia nos dan una pista muy preocupante de la fragilidad de algunos sistemas de autocontrol, muy alejados del rigor, también perfectible, de una auditoría.

Tengo el orgullo de haber integrado o seguir siendo parte de algunos comités de expertos – siempre ‘ad honoren – en donde si creo que mi experiencia y conocimiento puede aportar rigor a la organización supervisada o asesorada. Cuando me lo han propuesto me han dado una enorme alegría, pues he visto en ello una forma de compartir lo que se y lo que aprendí con otros. Pero de igual modo reconozco que también he declinado otras ofertas por considerar que mi conocimiento en aquel campo era insuficiente para lo que debería esperarse de un patrono o un consejero. Tan responsable es decir si cuando se sabe, como decir no cuando se duda o no se sabe. Nos sigue costando mucho renunciar al indudable reconocimiento público – cuanto no a los cuantiosos honorarios- que supone integrar tales comités de expertos. Pero hay que saber decir que no, pues la verdadera sabiduría parte del reconocimiento y ponderación de nuestras propias limitaciones y fortalezas.

Autor: Fernando Navarro

Director del Instituto de estudios para la ética y la responsabilidad social de las organizaciones (INNOVAÉTICA).

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