Tiempos de desconcierto

Todas las sociedades humanas, las personas y las colectividades de las que forman parte, cambian. Siglos atrás, muy lentamente, pero lo hacían como lo demuestra la historia de la Humanidad. Hoy hay conciencia colectiva desde los especialistas hasta eso que se llama “el hombre (y la mujer, añadamos y eso es un cambio) de la calle” de que ese cambio es mucho más acelerado y de ahí el aumento del desconcierto, la perplejidad y la multiplicación de la variedad de las respuestas individuales y colectivas.

Por supuesto que ese cambio y sobre todo su ritmo y amplitud es muy diferente según qué sociedades. Pero aun así todas cambian. Algunos ejemplos pueden valer. Corea del Norte, paradigma de régimen dictatorial y cerrado cambia. Los países más atrasados del mundo, la mayor parte en África Subsahariana, cambian. Los grandes ejemplos de monarquías feudales y fundamentalistas del Golfo, encabezadas por Arabia Saudita, cambian. Hay siempre cambios denominados cuantitativos que en algún momento estallan en cambios cualitativos que son posibles por ese proceso anterior de acumulación.

El cambio es más acelerado y también más profundo en los últimos tiempos y especialmente en las sociedades más avanzadas, posindustriales, sociedades del conocimiento, las más prósperas. El gran gurú de ese cambio ha sido el filósofo Zygmunt Bauman, inventor del término de la “modernidad líquida”, término que ha hecho fortuna. Estamos, sobre todo en estas sociedades, en tiempos “líquidos”, en los que nada o poco es estable (aunque hay líquidos estancados).

Si trasladamos este artefacto al terreno político, es decir al terreno de las decisiones ciudadanas en la ceremonia más importante de una democracia como es el derecho a votar sus representantes, nos puede servir para tratar de analizar lo ocurrido hace bien poco en tres democracias clave para el mundo: Estados Unidos, Francia, Reino Unido. En las tres, cambios profundos, casi oceánicos y, sobre todo, poco esperados. Veamos sintéticamente caso a caso.

En Estados Unidos nadie, repito nadie, apostaba por la victoria presidencial de Trump. Cierto que ha obtenido el triunfo facilitado por el peculiar sistema del Colegio Electoral de ese país pero ese sistema está vigente desde el origen y, previsiblemente, seguirá vigente. Lo importante es que en ese país había un deseo larvado de cambio, especialmente en amplísimas zonas de la “América Profunda” y en sectores poblacionales menos ilustrados y de más edad. El resultado está ahí planteando muy graves problemas no tanto internos como en liderazgo y política internacional. Pero eso es otra historia.

Lo de Francia con la victoria presidencial y el alud en las recientes legislativas por parte de un candidato, Macron, desconocido hace meses y sin un partido es el mejor ejemplo de ese cambio rápido, desconcertante e integral pero que ya venía anunciado desde atrás con diversos indicadores y tendencias. Ese  candidato lo supo ver, tuvo “suerte y audacia” (algo así escribió el gran Maquiavelo y perdón por la cita, sé que es criticable citar) y de ahí su triunfo que pone patas arriba el panorama francés y, seguramente, el europeo.

Lo del Reino Unido tiene características peculiares, como casi todo en ese país. Triunfo inesperado del Brexit, cataclismo electoral de la “premier” May quien disolvió y convocó para lograr una victoria aplastante, resurrección del dado por muerto laborismo. Too mucho for the body que diría un clásico.

Cabe establecer algún elemento común en estos tres casos recientes y es el del rechazo, por parte de la ciudadanía, a lo que hay y la demanda de un cambio, mejor cuanto más amplio. Ese rechazo se concreta en el voto a esas opciones de cambio y sobre todo en el aumento de la abstención como demostración más palmaria del hastío, del escepticismo ciudadano. Crece el partido de la abstención, algo preocupante. O a lo mejor, no lo es tanto  ¿Quién sabe? Al fin y al cabo, estamos en una “sociedad líquida” y ese desapego quizá es parte de la misma.

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