Renacimiento

Siempre me horrorizó el relato de nuestra historia porque se basaba en hitos puntuales, nunca en procesos, siempre en profusión de datos y nombres sobre los que discutir y nunca en perspectivas históricas sobre las que comprender cómo se construye la Sociedad. Prerrogativa de las élites, dueñas del presupuesto y hasta de la fuerza, antes se apesebraban historiadores como hoy se coleccionan televisiones y patrocinan grupos mediáticos; porque los poderosos e influyentes sí que tienen claro aquello tan antiguo de: “la verdad os hará libres”; quizá, por eso mismo, llevan tantos esfuerzos dispensados para que “sus medias verdades nos hagan como liebres”, es decir, verdaderos productores necesarios para su singular causa, tan tecnificados como deshumanizados.

Uno de esos datos históricos que obran como brizna de paja que nos oculta todo un encinar, es el Renacimiento: nos lo dejaron en el esplendor artístico italiano y muy poco más. En cambio, quienes tuvieron la gran fortuna de topar con maestros, más que profesores, y los que tuvimos la gran suerte de aprender que la verdad siempre está en medio y no conoce amo, llegamos a atisbar que el Renacimiento fue un hecho muy complejo que arrancó con las teorías copernicanas, provocadoras del fin del teocentrismo geocentrista europeo al sustituirlo por el antropocentrismo heliocentrista, cuyo hito final bien pudo ser la Reforma luterana. Al menos, esa apreciación ya nos permitía contemplar el gran hecho revolucionario que fue la invención de la imprenta.

Ahora bien, ese tiempo que no pasa, pues nos pasamos nosotros, cuando precipita en edad medianamente bien aprovechada en el campo intelectual y se mezcla en exceso con lo poco aprendido en una licenciatura de Biología, de las del plan antiguo, claro está, suele acabar procurando un radical amor por los procesos que entra inmediatamente en conflicto con todo cuanto se lee y escucha; porque, reconozcámoslo, no hay nada tan radical en esta España nuestra que esforzarse en ser un ciudadano crítico en vez de un súbdito criticón. Empero, tal cual están las cosas, eso supone asumir el riesgo de desarrollar un espíritu crítico relativamente desenfocado y normalmente muy irascible; lo cual, tampoco es que ayude mucho a la hora de aunar esfuerzos con otras personas.

Dicho lo anterior, creo convincentemente que, igual que la consecuencia religiosa del Renacimiento fue la Reforma luterana y la consecuencia estatal de dicho proceso fue la independencia monárquica de la legitimación papal – los reyes definitivamente lo serían por la gracia de Dios, sin necesidad de su vicario –, la consecuencia política renacentista fue el nacimiento del Liberalismo como corpus ideológico, genuinamente antropocentrista, que entendía que el individuo debía estar por encima de sus circunstancias: era religioso por que quería, era social porque le gusta la compañía de semejantes y no necesitaba más reivindicación de superioridad que sus propias capacidades, dicho todo en plata. Evidentemente, el liberalismo iba a calar hondo en la incipiente burguesía europea, fuese eclesiástica o no, pues ofrecía a muchos verse a sí mismos como élites socioeconómicas redentoras de un mundo esclavo de la tierra y presa de feroces derechos aristocráticos que, sin decirlo, soñaban con conquistar algún día.

Que apareciesen pronto los llamados socioliberales, bien mirado, no fue más que la emoción social que palpita constantemente en el genoma humano; pero mirando con perspectiva de siglos, tanto los liberales reclacitrantes como los socioliberales más socializados, permanencen en sus cuarteles filosofales tal cual. Cierto es que con la Revolución Industrial, conspicuos liberales burgueses abrieron la espita de la izquierda filosofal con la firma del Manifiesto Comunista en 1856; pero no es menos cierto que el liberalismo, abrazado al becerro de oro de su pujante religión, el capitalismo, quizá sea el principal culpable de que hoy día estemos asistiendo al cierre definitivo del Renacimiento con aquel tormentoso cambio de paradigma social, que muchos percibimos y ninguno comprendemos bien aún, que definitivamente destierre de la humanidad los derechos de cuna.

Lo demás sabemos cómo quedó. No tardó mucho el liberalismo-anti en parir la Primera Internacional, la llamada Comunista, para soltar el lastre político que suponía el anarquismo, como no tardará mucho la sociedad española en desligarse de Podemos y su concepción escatológica, iconoclasta y destructiva del Estado Democrático de Derecho. Tampoco tardó mucho aquel liberalismo-anti, salvador del proletariado, en parir su Segunda Internacional, la Socialista, porque eran mayoría en la izquierda filosofal que vislumbraban en lontananza que el capital era al capitalismo lo que Jesús de Nazaret al catolicismo, es decir, la excusa perfecta para hacer del mártir inmaculado el cimiento de un dogma de fe inapelable. Pero tuvo que padecer Europa dos desastrosas guerras mundiales para conocer una Tercera Internacional, la Socialdemócrata, con la que lo menos sofismático del socialismo buscaba la forma de regresar a la esencia original renacentista sin mancharse del militante individualismo elitista liberal; aunque algunos, como Ciudadanos, lo han hecho a tal velocidad que, pasándose de frenada, han caído de cabeza en el pecado original liberal: elitismo individualista.

Otros socialdemócratas, estos incompletos porque a Felipe González Márquez, discípulo aventajado de Willy Brandt, la corrupción sistémica de este país le mandó al banquillo de las puertas giratorias antes de poder completar el regreso a las esencias del PSOE – recordemos que se enteraba de todos sus casos de corrupción por la prensa, que entonces sí practicaba el periodismo militante –, escogieron el camino de la aventura mercadotécnica, por aquello de la aritmética del poder, y han acabado gripando su motor electoral con malos carburantes de combustión muy rápida: localismo electoral, liberalismo económico descafeinado, federalismo asimétrico, inmersión lingüística a tutiplén, etc.; y pasada la resaca de una alianza de civilizaciones imposible en los términos geopolíticos actuales y pasado el mareo de una crisis económica que quisieron ocultar a los paganos de la Historia, ya no conservan de sus raíces socialistas más que sus espesas redes clientelares, siempre tan dispuestas a socializar sus fracasos, su dispendio y boato.

Para mí, a las puertas mismas del cierre definitivo del Renacimiento con el nacimiento del Homo humanus de entre las cenizas de este decadente Homo sapiens que sostenemos con nuestras desdichas vecinales, decir socialdemocracia es usar un somero pleonasmo retórico innecesariamente redundante en sí mismo: democracia es el gobierno del pueblo por el pueblo y el pueblo no es cosa otra que la sociedad, ergo toda democracia, siendo verdadera, es en sí mismo socialdemocracia; por tanto, el problema no es la socialdemocracia teorética, si no la escasez de eudemocracia, la democracia real, en un Primer Mundo pseudodemocrático, formalmente democrático, regresando por sus peligrosos fueros geopolíticos. Así pues, prefiero prescindir de alforjas tan flácidas para viaje tan pesaroso y no perder de vista otro proceso histórico que algunos expresan como otro hito humano sin serlo: el Conflicto Neolítico, o cuando la vida humana quedó decididamente reducida a una bicicleta para el verano emocionalmente armada de: un pedal izquierdo, socialista; un pedal derecho, elitista; un eje rotor del par de fuerzas de dicho antagonismo, la sociedad acrítica productora; y una cadena de transmisión, el presupuesto público socialmente producido.

Más que nada, porque estamos donde lo dejaron nuestros mayores en el Milenio VII: élite vs. Sociedad. O sea, todo aún por inventar. ¿Querremos?

¡Carpe diem!

Autor: Pedro Navarrete

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