El orgullo de la libertad

 

Hoy se celebra en Madrid y en otras ciudades del mundo la gran manifestación del Orgullo, un acto que trasciende fronteras, países y continentes, pero que, sobre todo, lleva trascendiendo prejuicios desde hace años. No podemos dejar de felicitarnos desde Plataforma Ahora por el hecho de que se haya consolidado en nuestro país la desacomplejada celebración de la libertad personal de amar a quien cada uno elija, sin cortapisas morales, religiosas o de cualquier otra índole.

Algunas voces claman ante la inconveniencia de seguir reivindicando aquello que ya está consolidado como normal en la sociedad española. No estamos de acuerdo. Si bien nuestra legislación ha sido felizmente pionera en el reconocimiento de derechos civiles -como el matrimonio homosexual- que hoy otros países de nuestro entorno como Alemania empiezan a asimilar legalmente, creemos que el margen de ampliación de las libertades públicas sigue existiendo. Además, desde nuestra convicción trasnacional de que las libertades civiles, y en general todos los derechos de ciudadanía, han de ser de aplicación a cuantas más personas mejor, con independencia de las limitaciones nacionales que nos vengan impuestas por nuestro fortuito lugar de nacimiento, hemos de recordar que en muchas -demasiadas- partes de nuestro planeta siguen imperando fuertes restricciones y censuras a la libertad personal de cada individuo de vivir en plenitud y sin cortapisa alguna su sexualidad, su desarrollo personal y afectivo, y, en fin, la libre elección de su futuro.

A lo largo de la Historia, las sociedades cerradas, autoritarias y reticentes a las libertades públicas, han tratado de obstruir el libre albedrío de las personas, hasta llegar a estigmatizarlas dentro de una perversa lógica de normalización, que suele invocarse para subvertir de forma artificiosa la normalidad social. Porque las realidades normales, y no hay nada más normal que el legítimo derecho a la diferencia, no deben normalizarse; cuando alguien invoca la necesidad de normalizar algo per se normal, lo que con frecuencia pretende deslizar es su arbitraria intención de mediatizar la libre elección de aquellos que optan por fórmulas de vida diferentes a las que un determinado código moral entiende como idóneas. Ejemplos de represión e intolerancia ha habido varios, tanto en regímenes de signo comunista, como la Cuba de Castro donde durante años miles de homosexuales fueron perseguidos, estigmatizados y hostigados, como el caso del escritor y poeta Reinaldo Arenas, como también los ha habido en oscuros regímenes autoritarios de derechas, como la España franquista, donde esperpentos jurídicos como la Ley de vagos y maleantes o la Ley de peligrosidad y rehabilitación social hacían las veces de infames instrumentos censores al servicio de los prejuicios y la intolerancia del dictador.

Aún hoy, en pleno siglo XXI, persisten los Estados intolerantes, cimentados en el miedo al diferente, éste sí constitutivo de una verdadera pandemia moral que lejos de corregirse, sigue manteniéndose incólume y encontrando terreno fértil en mentes obtusas, que, con independencia de la edad, condición social o procedencia, albergan prejuicios varios, que no suelen ser cosa distinta que sublimaciones de sus propios miedos y frustraciones.

El trecho que aún hemos de recorrer como sociedad es amplio. Tanto desde el punto de vista de la legislación, que ha de consolidar y ahondar en su espíritu tuitivo de las libertades personales y públicas de todos los ciudadanos, como desde el punto de vista de la educación laica, que, más allá de formar profesionales, ha de ser un verdadero instrumento útil para la formación de buenos ciudadanos. Y todo esto puede y debe hacerse desde el rechazo de los identitarismos que quiebran la igualdad de derechos, y abrazando la pedagogía democrática e igualitaria que ayuda a preservar iguales libertades para todos, con independencia de nuestra orientación sexual, lugar de origen, o forma de vida.

Como señaló Manuel Azaña, “la libertad no hace felices a los hombres (ni a las mujeres, cabría añadir), los hace sencillamente hombres”. Reivindiquemos y celebremos, pues, el orgullo de la libertad, y no cesemos jamás en la imprescindible pedagogía pública para que ningún proyecto de regresión- que pretenda desmantelar, explícita o veladamente, nuestras libertades civiles y, por ende, nuestra humanidad- cristalice nunca.

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