Ahora: integradora, constructiva y dialogante

Desde hace un tiempo, la ciudadanía europea se encuentra en un estado que podría describirse como una mezcla de letargia, hartazgo, desencanto, estupor y crispación. La confianza ciega y acrítica en el Estado democrático se inició tras el desastre de la Segunda Guerra Mundial, que se cobró millones de víctimas civiles y militares, y se vio reforzada por la subsecuente Guerra Fría. Surgió la necesidad moral de creer sin reservas en el mejor sistema que la sociedad Occidental ha sido capaz de inventar: la Democracia, competente para evitar y corregir las injusticias y proporcionador de seguridad y bienestar.

Pero por muchos y muy diversos motivos, que se reparten entre la inmadurez social, unas estructuras políticas excesivamente rígidas que no permiten cambios al ritmo de las necesidades, un sobredimensionamiento de las instituciones, o cierta pereza intelectual, muchos ciudadanos europeos han caído en el error de pensar que la Democracia es capaz, y además tiene obligación, de cumplir todos sus deseos y expectativas cual hada de cuento infantil. Creen además que es un edificio sólido y eterno, que no necesita cuidados ni renovaciones o que, si bien las necesita, no son ellos quienes deben acometerlos, sino la clase política. El resultado es que la convivencia social en democracia se está deteriorando, en gran medida por la desilusión y cansancio de los que deben defenderla. El ciudadano desafecto se limita a votar cada 3 ó 4 años a personas que cada vez siente, física o moralmente, más lejanos y que no le representan, perpetuando su enfado infantil con las hadas que no le conceden sus deseos. Surgen entonces el desencanto y la rabia y la sociedad se polariza. Así estamos asistiendo casi a diario en toda Europa a la creación de movimientos “anti”, que prometen tomar el papel del hada madrina perdida aunque para ello pidan a cambio restringir libertades esenciales.

Hace unos años la vida me regaló el poder conocer a Henri Borlant, médico francés superviviente de varios campos de concentración nazis. Dio testimonio de lo vivido a estudiantes universitarios y les habló así: “Estoy esta tarde frente a vosotros para recordaros que la libertad y los derechos que hoy disfrutamos no son eternos, que se pueden quebrar en cualquier momento. Para mí sería más fácil, a mis ochenta y tantos años, quedarme en casa descansando y disfrutando de mi familia. Si estoy haciendo este esfuerzo es para que tengáis presente que para que estos bienes preciados, que son la libertad y la democracia continúen, hay que estar atento, vigilante, e implicado en defenderla”. Construir y renovar cada día.

Las iniciativas ciudadanas, en forma de agrupaciones, asociaciones o plataformas, antaño tuvieron y tienen hoy un gran valor. Cuando éstas se integran en los cauces democráticos existentes mejorándolos, cambiándolos según las reglas, y hacen planteamientos positivos, son potentes renovadores de nuestra sociedad a muchos niveles. Necesitamos más que nunca construir identidades en positivo, definiéndolas en base a unas ideologías concretas y sólidas, bien establecidas, y escapar de la facilidad de constituirse como algo vacío fundamentado sólo en ir en contra de lo existente.

Atravesamos turbulencias identitarias, sociales, políticas y morales y creo firmemente en la necesidad de un proyecto cimentado sobre el pensamiento humanista europeo. Por eso me ilusiona ser espectadora y participante en la creación de una plataforma como Ahora: integradora, constructiva y dialogante, basada en cinco puntos que comparto en toda su dimensión: socialdemocracia, liberalismo político, republicanismo cívico, europeísmo y laicismo.

Este esfuerzo participativo ciudadano se lo debemos a nuestros padres y abuelos, que de humo y cenizas, de muerte y destrucción, construyeron la Europa más unida y próspera que nunca hubiéramos podido soñar. Y a las nuevas generaciones, tan llenas de futuro, que nos devuelven la esperanza y nos hacen responsables de duplicar los esfuerzos para hacer de este continente, un espacio de libertad, principios, convivencia y crecimiento.

Autora: Esther Cuerda

Doctora en Medicina y Cirugía y especialista en Dermatología. De 2010 a 2016 ha trabajado como profesora en el departamento de Anatomía y Embriología Humana en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, al que continúa vinculada. Es autora de más de 40 publicaciones médico-científicas y coeditora del libro “Cuando la Medicina no cura. La participación del personal sanitario en torturas, genocidios y experimentos al margen de los códigos éticos”. Colabora con el Centro Sefarad-Israel, el Department of Bioethics and the Holocaust de la UNESCO (Israel) y el Center for Medicine after the Holocaust (EEUU). Es codirectora de los encuentros “European Meeting on Medicine in Nazi Germany” que agrupan a investigadores de toda Europa. Actualmente es Vicepresidenta del Centro de Investigación sobre Totalitarismos y Movimientos Autoritarios (CITMA). Reside en Düsseldorf (Alemania) donde ejerce como dermatólogo y continúa trabajando en Historia y Etica de la Medicina.

 

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