Ahora Cataluña: en defensa de nuestra ciudadanía democrática

El próximo 16 de septiembre Plataforma Ahora se presenta oficialmente en Barcelona. Lo hacemos en plena convulsión política planteada por el órdago secesionista que el gobierno autonómico catalán ha lanzado – con la aquiescencia cómplice de demasiados – contra nuestro Estado de derecho y la convivencia democrática que éste garantiza. Nos presentamos en Barcelona con la voz y la palabra, ocupando sin complejo la esfera pública cuya titularidad compartida reivindicamos, en tanto que ciudadanos españoles plenos de derechos y deberes, y por tanto facultados para hacer política sin pedir permiso a nadie.

Plataforma Ahora no nació para complacer a los que han hecho de su permanente insatisfacción razón de ser en política, y motor de su estrategia de chantaje permanente. Tampoco nació para moderar a los nacionalistas, ni para brindar múltiples pretextos justificadores al nacionalismo, ideología reaccionaria por excelencia. Para todo ello ya hay múltiples candidatos y ofertas. La razón de ser de nuestro nacimiento es bien diferente: aglutinar a toda la izquierda progresista de este país, hoy atomizada o dispersa, en torno a la defensa de la ciudadanía compartida y la igualdad de todos los ciudadanos.

Al contrario de lo que muchos han convertido en habitual en la política española, Plataforma Ahora no preparará un discurso ad hoc para que resulte digerible por el statu quo dominante en Cataluña. Tampoco trazará una estrategia para territorializar su discurso, moldeándolo a conveniencia para contentar a propios y extraños. El discurso político presto a constantes modulaciones no es cosa distinta que un burdo engaño a la ciudadanía y una verdadera sinrazón. Los principios y valores que compartimos son predicables de punta a punta del país, y ocultarlos o matizarlos en territorios donde mayores hostilidades existen hacia ese discurso no sólo sería una traición indudable a todos aquellos ciudadanos constitucionalistas que tiempo ha salieron del armario para rebelarse cívicamente, sino que además supondría el descrédito definitivo de Ahora como instrumento político.

Tampoco pensamos que el objetivo de la presentación que se avecina sea el de mostrar una especie de solidaria condescendencia con los catalanes en unos momentos tan delicados. No. Desconfiamos de aquellas fórmulas políticas que se empeñan en parcelar el discurso, y también lo hacemos de quienes creen que existe un problema catalán, que es cosa de los catalanes… como si éstos fueran poco menos que miembros de un pueblo preconstituido o mágico conformado por nativos con hondísimas raíces milenarias, y el resto, los no oriundos del lugar, debiéramos limitarnos a acudir allí para mostrar condescendencia, solidaridad y compasión por el trance que sufren. Tal actitud es impropia de una democracia pluralista y consolidada y responde a una atávica concepción preciudadana de la democracia, una visión obtusa y esencialmente reñida con la misma. Nuestra voz en Cataluña será la misma voz que utilizamos en todo el país: la voz de los ciudadanos comprometidos; la voz de los ciudadanos concernidos ante la apropiación indebida que, desde un gobierno sedicioso y múltiples altavoces y justificadores ideológicos, pretende hacerse de nuestra condición de ciudadanos.

No hay problema catalán ni problema de los catalanes que valga. El problema – el desafío integral que pone en jaque nuestro sistema de convivencia – nos afecta en tanto que ciudadanos españoles. Políticamente hablando, en España los únicos ciudadanos que existen son los ciudadanos españoles. Algunos nacieron en Hospitalet, otros en Cádiz; algunos, incluso, en Buenos Aires, y otros en Malabo, fuera de nuestras fronteras. En tanto que ciudadanos españoles, resulta completamente irrelevante de dónde sean oriundos, porque tal eventualidad – geográfica, accidental, fortuita – no condiciona ni difumina los derechos y deberes que emanan, todos, de su ciudadanía: es decir, de su pertenencia igual a la comunidad política constitucionalmente vigente. Por tanto, cuando en una parte del espacio político compartido, alguien pretende mutilar la ciudadanía común, esto es, privar de derechos y deberes al conjuntos de ciudadanos titulares de dicho espacio político compartido, nuestra respuesta no puede por menos que ser contundente, proactiva y nítida. No iremos a Barcelona, por consiguiente, a expresar nuestra solidaridad o condescendencia con nadie, sino nuestro pleno compromiso con la cualidad de ciudadanos que detentamos, puesto que nunca aceptaremos que nos desprovean de dicha condición para condenarnos a la de meros oriundos de un territorio parcelado, enraizados como plantas a ese terruño concreto, y menos aún aceptaremos nuestra forzada conversión en extranjeros sin derechos ni garantías, presos de cualquier arbitrariedad imaginable.

El mensaje de Plataforma Ahora se dirige al conjunto de ciudadanos del país. Nuestra voz de alarma no pretende ser un grito estridente, sino un discurso tan sereno como desacomplejado que nos compela a todos a tomar conciencia de la dimensión de lo que está ocurriendo. El inicio de cualquier solución pasa por que rompamos las amarras mentales que siguen existiendo en demasiados lugares, ésas que nos hacen visualizar el recorte de nuestra ciudadanía y la dilución de nuestra democracia como problemas abstractos o carentes de consecuencias directas para nuestra vida real. Lejos de ser una abstracción, o una cuestión sentimental, la mutilación arbitraria de nuestra ciudadanía ataca los cimientos básicos de la convivencia democrática. Esa mutilación, justificada con frecuencia en base a pretextos identitarios, es precisamente la mejor garantía de que desaparezca nuestra libertad para conformar la identidad que deseemos. Al contrario de lo que nos cuentan los nacionalistas, las identidades no vienen ahormadas indefectiblemente por el lado de la frontera en el que hayamos tenido la fortuna (o desgracia) de caer. Las identidades, para que sean democráticas, deben poder desarrollarse sin cortapisas ni coacciones, una vez aceptada la ley común que sirve de aglutinante democrático en las comunidades políticas constitucionalmente vigentes. En nuestro país, esa comunidad política democrática responde al nombre de España, y la ley común que a todos nos iguala se llama Constitución española de 1978. Es a partir de su asunción y reconocimiento que cada uno de nosotros, provengamos de un lado o de otro, podemos desarrollar la oferta cultural, sentimental, religiosa, ideológica y, en fin, identitaria que prefiramos. Si la identidad se convierte, por el contrario, en el filtro que determina el acceso a los derechos y deberes ciudadanos, ni aquélla será democrática, ni éstos serán iguales para todos. Eso precisamente – consagrar la desigualdad en nombre de la identidad – es lo que pretenden los nacionalistas de todas las fronteras.

Digamos por último que nuestra defensa de la unidad cívica y de la ciudadanía común que compartimos proviene de la izquierda. No de una izquierda particularista, populista o nacionalista, no de esa izquierda oficial que cada día nos persuade aún más de su entrega, completa y quién sabe si ya irreversible, a la reacción nacionalista. Queremos construir una izquierda diferente, tan democrática como progresista, y más preocupada por los ciudadanos y su igualdad que por las fronteras y el fetiche de la diferencia. Nos dirigimos, muy especialmente, a todas aquellas personas que más han sufrido el embate de la crisis económica. A todos los ciudadanos que, por una razón u otra, siempre han estado vinculados a formaciones políticas de izquierda, generalmente por la necesidad de encontrar respaldo parlamentario de sus intereses y anhelos por un mayor equilibrio social, por una sociedad más justa e igualitaria. Deseamos mirar de frente a todos esos ciudadanos que, un día, sintiéndose comprensiblemente apartados de la esfera política y del bienestar económico que distaba mucho de estar equitativamente distribuido en la sociedad española, confiaron en alternativas políticas que hoy les han dado la espalda. Alternativas políticas que se dicen de izquierdas, incluso con estridente virulencia, como si la admonición izquierdista solventara cualquier duda o problema; pero que, a la hora de la verdad, ocultan de su discurso voces como Estado de Bienestar, desahucios, fiscalidad progresiva, renta básica, servicios públicos, o, al menos, subordinan su prioridad. Por desgracia, la izquierda oficial de esta país – y Cataluña es un ejemplo paradigmático de la traición secular de la izquierda a sus postulados más genuinos – ha entregado su alma al nacionalismo, olvidando la básica premisa de que sin Estado no hay Estado de Bienestar. La renuncia a defender un proyecto igualitario, y su sustitución por múltiples causas identitarias, ha supuesto de facto el abandono de millones de personas que sienten que la secesión en marcha, proyecto político que ambiciona el sombrío horizonte de expandir y multiplicar las fronteras, tendrá un terrible coste en términos de igualdad, redistribución y justicia social, en especial para los más débiles de la sociedad.

Una parte de la izquierda clásica solía recriminar a la derecha la obstinación reaccionaria en privar los extranjeros del acceso a nuestra ciudadanía. Estamos fundamentalmente de acuerdo. Siendo grave este hecho, sólo se nos ocurre algo más deplorable: la pretensión nacionalista, con la complicidad activa de nuestra izquierda reaccionaria, de privar a millones de ciudadanos de la ciudadanía que ya ostentan, y así convertirlos en extranjeros en su propio país.

3 comentarios en “Ahora Cataluña: en defensa de nuestra ciudadanía democrática

  1. Cuando exista en España una izquierda moderada pero no reaccionaria y ademas sea antes izquierda que nacionalista o populista, volveré a votar a la izquierda, a esa izquierda.

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  2. Suena muy bien, es más, diría que simpatizo mucho con el relato que mostráis. Pero, tras la decepción de los nuevos partidos (podemos) que se dicen de izquierda, y resulta que son partidarios de privilegios (referéndum pactado) respecto de una parte de la sociedad española, lo que implica silenciar a la otra inmensa parte que supone que son depositarios de la soberanía. Yo he votado siempre izquierda (nunca al PSOE), y las tres últimas ocasiones a UpyD, su discurso me complacía mucho, sus posturas sobre la igualdad de todos los españoles, y terminar con los privilegios de ciertas comunidades (P. Vasco, Navarra, “cupo vasco”, “concierto económico”), el error de los traspasos de educación a las CCAA, que nos ha llevado a puntos tan chocantes como la discriminación de los que hablan catalán para presentarse a oposiciones a profesores, y a otras profesiones en Cataluña…,etc., etc. A mí Rosa Diez, me parecía una diputada valiente, con coraje, y no entiendo por qué la echaron de su grupo parlamentario bajo las acusaciones de “dictadora” o “autoritaria”, nadie me lo ha explicado…, y me pareció muy fea la actitud “tránsfuga” de tantos de sus compañeros de partido. Pensaba dejar de votar en lo sucesivo como forma de protesta o por coherencia, pues no hay nadie dentro del espectro político que me satisfaga o me persuada. En fin, tengo cuenta en facebook, y allí podréis ver mis comentarios acerca de lo que pienso o con lo que estoy de acuerdo y con quién…..En fin, al parecer vais a iniciar una aventura (política), y como decía, en principio, suena bien el relato expuesto. En cualquier caso, os deseo suerte, coherencia, honestidad, rigor, firmeza, y sobre todo racionalidad (los sentimientos y las emociones, para el psicólogo o psiquiatra, bien acomodado en el diván, él se encargará de hacer los ajustes necesarios y equilibrar las mentes). Un saludo

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