El ahogado más hermoso del mundo

La fascinación de la falsa izquierda por el nacionalismo recuerda a la que sintieron los habitantes de un pueblo costero del caribe colombiano cuando hallaron en sus costas a un ahogado. Era tanto su encanto que los hombres y las mujeres de la aldea “fascinadas por su desproporción y sus hermosura (…) decidieron entonces hacerle unos pantalones con un buen pedazo de vela cangreja, y una camisa de bramante de novia, para que pudiera continuar su muerte con dignidad”. Gabriel García Márquez nos relata este particular encuentro en un libro de cuentos publicado en 1972.

El realismo mágico del maestro colombiano nos sirve para reflexionar brevemente sobre una presunta izquierda que ha claudicado ante los poderes económicos y que se dedica a honrar a un cadáver. El nacionalismo parecía haber perecido después de la II Guerra Mundial. Su legado no podía ser peor. Sin embargo, su atractivo y su conveniente uso para ocultar las desigualdades, acrecentadas en las últimas décadas, lo ha situado, de nuevo, en el debate político, tanto en España como en otros estados europeos. Sus rancias ideas decimonónicas y la evidente colisión de su credo con valores cívicos y democráticos como la igualdad o el repudio del racismo, supremacismo o xenofobia, deberían haberlo condenado a continuar en el fondo del océano. Pero no cabe duda de que se trata de un ahogado muy atractivo. Culpar al otro (extraño, extranjero, español) de los problemas, en vez de razonar sobre las causas de los mismos, generar la idea de que eres mejor que el vecino porque has nacido en un lugar y sentirse parte de una unidad de destino superior, aliñada con antorchas o banderas, puede ser un lenitivo muy eficaz. Una escuela que se vanagloria de formar buenos patriotas terminará por convertirse en un caladero de súbditos. El nacionalismo siempre ha sabido usarlos en sus coros y danzas periódicas.

Desgraciadamente, la izquierda nominal en España no solo no ha enterrado al ahogado, sino que lo ha sentado a su mesa. Es más: se ha convertido en su escudero más leal. Ha asumido su discurso, su concepción del mundo y con ello ha repudiado la igualdad, la justicia social y, por supuesto, la libertad. Ha sido tanta su fascinación que ha terminado por mimetizarse con el ahogado y abrazar sus ocurrencias fantasiosas –y, en ocasiones, hasta homicidas-, como Euskal Herria o los Países Catalanes.

Decía Víctor Hugo que el futuro tiene muchos nombres. Para los débiles es lo inalcanzable. Para los temerosos, lo desconocido. Para los valientes es la oportunidad. Para nosotros, el 2018 debe ser el de los acuerdos para la construcción de la izquierda real cuyos valores cívicos y no nacionalistas se centren en las condiciones materiales de las personas. Una izquierda que recupere las ideas que nos hicieron fuertes y que plante cara a la marea neoliberal que se abate sobre la ciudadanía y que deja en nuestras costas el ahogado al que reverencian.

No será sencillo. Vivimos en una sociedad que se nutre de clichés metafísicos. El nacionalismo es el ejemplo más claro, tal y como dijo una filósofa que no podemos olvidar. Pero la mano invisible es otro. Esa misma que procura que los ingresos de los trabajadores y pensionistas mengüen año tras año mientras crece, de forma desproporcionada, el de directivos y rentas altas. Lo que no debiera suceder jamás en una sociedad justa es que los directivos del Ibex 35 cobren 207 veces más que sus trabajadores con el salario más bajo. Lo que es también inadmisible, que los precios de los servicios básicos se incrementen año tras año. Así, la factura de la luz cerrará 2017 con una subida de alrededor de un 10% respecto al año anterior. Lo que no podemos aceptar es la precarización en el trabajo, el desmantelamiento sostenido de los servicios públicos o la transferencia de las rentas de todos al sector privado, tal y como sucedió en la pasada crisis financiera. Este año el Banco de España dio por perdidos 60.600 millones, el 79% de las ayudas del rescate bancario. La mano invisible, más que una mano parece una excavadora.

Debemos ser realistas. Una inmensa mayoría de españoles están hartos de las diatribas nacionalistas y, están aun más cansados, de los que las justifican. Una mayoría ingente de ciudadanos quieren unos buenos servicios públicos. Una sanidad y una educación que les haga sentirse orgullosos de vivir en un país donde se respeta al ciudadano. Un sistema de pensiones que no criminalice a nuestros mayores por “vivir más” como ahora relata tanto darwinista social con MBA. La mayoría de nuestros conciudadanos desea unas condiciones de trabajo dignas, unos salarios con los que se pueda vivir y un país que apueste por la inversión en investigación y desarrollo. Una España que cuente en el mundo. Es por eso, que no podemos seguir sin opciones de izquierda reales. 2018 tiene que ser el inicio de un proyecto que devuelva la esperanza a millones de personas. En eso estamos.

Un comentario en “El ahogado más hermoso del mundo

  1. No creo ser conservador; y me parece muy razonable la opinión de Savater de que las grandes cuestiones económicas son las que son y no hay profundas diferencias entre conservadores y socialdemocracia…..En asuntos puntuales….supongo que hay que conocer muy bien de qué se habla. Y yo no se nada. Me parece bien un partido de izquierda -no comunista ni populista- que sea antinacionalista…como creo que fue upyd….pero me parece mucho mas urgente la unión de todos (los de podemos no van a venir….) frente al nacionalismo…..

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