Populismo fiscal

No han sido pocas las voces que han criticado con dureza a Pedro Sánchez ante sus últimas propuestas en materia fiscal. Pocas, sin embargo, han sido las propuestas alternativas. Sin conocer la letra pequeña ni el desarrollo de la medida impositiva propuesta, desde Plataforma Ahora no vemos descabellado un incremento de la presión fiscal sobre el sector bancario con el objetivo de garantizar la sostenibilidad de nuestro sistema de pensiones. Lo que sí nos parece completamente fuera de lugar es la enésima aparición de esa cohorte de francotiradores que, a la mínima ocasión, arremeten desde su catecismo neoliberal contra los impuestos, chivo expiatorio de nuestro tiempo.

Conocemos el paradigma que defienden algunos, con ejemplos sangrantes desde los años ochenta a esta parte: el Dios mercado se regula sólo y, cuanto menos Estado, tanto mejor. Para ellos, cualquier impuesto debe ser tildado como apropiación indebida del malhadado Estado. Y, a poder ser, eliminado con presteza. Porque, al fin y al cabo, el dinero está mejor en el bolsillo de los individuos que en el del insaciable “Papá Estado”.

Olvidan decir que la consecuencia primera que se seguiría de la eliminación de todo tributo sería la inviabilidad de nuestro Estado del Bienestar al completo, sistema de pensiones incluido. Como olvidan mencionar que sin impuestos cualquier redistribución sería una pura quimera. No, el mercado no es perfecto, y basta con echar un vistazo a las causas reales de la última crisis financiera, espoleada por la ausencia de regulación en los mercados. Además, sin un sistema fiscal justo y progresivo, la igualdad de oportunidades no sería más que un mantra nominal averiado, sin traslación práctica alguna. Quienes tuvieran la fortuna de pertenecer, desde la cuna, al linaje de los que más tienen, partirían con casi todo hecho sin esfuerzo alguno; los demás, mermados desde su origen, arrastrarían un lastre en muchas ocasiones insalvable. Ese dinero en el bolsillo del individuo estaría, en honor a la verdad y a pesar del silencio de tantos voceros del libre mercado sin límites, en manos de unos pocos individuos injustamente empoderados desde su nacimiento.

Plataforma Ahora – y así lo venimos defendiendo desde nuestro nacimiento – defiende una económica social de mercado. No creemos en ninguna clase de izquierdismo infantilista anclado en viejas y desfasadas utopías. Sin embargo, estamos plenamente convencidos que la cosmovisión liberal libertaria, en virtud a la cual la traducción de la libertad de cada individuo es una absoluta ausencia de interferencias respecto al otro, constituye una doctrina profundamente equivocada y, en última instancia, reñida con los fundamentos más elementales de la democracia y la ciudadanía. En cuanto conciudadanos, somos titulares de derechos compartidos, no usufructuarios de dominios aislados que se dan la espalda mutuamente. Tampoco creemos en el dogma de los mercados perfectos y espontáneos, puesto que somos plenamente conscientes de que las lecciones que nos provee la realidad nos muestran las numerosas disfuncionalidades, atropellos e injusticias de los mismos. Por eso precisamente somos férreos defensores de espacios públicos de intervención y regulación (proporcionada y controlable, a través de un sistema de pesos y contrapesos que evite arbitrariedades en el ejercicio del poder público) que permitan equilibrar las sociedades, y cerrar la brecha entre los poderosos y los débiles. No se trata de proscribir el talento ni la creatividad – nada más lejos de nuestra intención – sino de articular sociedades donde los ascensores sociales estén al alcance de una amplia mayoría de ciudadanos, no de héroes excepcionales capaces de sobreponerse a draconianas situaciones de partida. Creemos en la necesidad de preservar, ampliar y prestigiar la sociedad del bienestar, donde quien cae no sea estigmatizado y siempre exista una colchón social para los débiles, los perdedores y los damnificados. No anhelamos sociedades que condenan o estigmatizan a los más desfavorecidos, sino aquéllas que les proveen oportunidades para salir adelante. Para ello, es imprescindible contar con unos servicios públicos de calidad, inclusivos y de referencia, que no constituyan el reducto asistencialista y desangelado al que nadie desee acudir. Al revés, entendemos que el Estado puede y debe proveer numerosos servicios y desempeñar amplias funciones de manera equitativa y eficaz. ¿Por qué no? ¿Por qué dejar operar ab initio absurdos prejuicios ideológicos en base a los cuales, sin necesidad de cualquier evidencia empírica y fáctica, quepa privatizarlo todo? La gran revolución de nuestro tiempo no es la toma de los Palacios de Invierno, sino nuestro sistema de Seguridad Social o una buena educación pública y laica.

Además, detrás de los intentos deliberados de demonizar los impuestos, se esconde un burdo populismo que, injustamente, goza de cierto eco mediático. ¿Son todos los impuestos iguales? Obviamente no. Si de nosotros dependiera, la presión fiscal debería recaer sobre los impuestos directos antes que sobre los indirectos. Sobre los progresivos muchos antes que sobre los impuestos proporcionales y regresivos. Y siempre antes sobre las rentas del capital que sobre las del trabajo. Muchos de los que estigmatizan toda presión fiscal, abogan paradójicamente por mantener un IVA alto que contraiga el consumo, aún a sabiendas de que se trata de un impuesto que carece de progresividad. En cambio, abogan por aberraciones tales como un tipo único en IRPF, o por eliminar de una tacada el Impuesto de Sucesiones – incluso para las herencias millonarias – o el de Patrimonio, tributos de acreditado carácter progresivo. ¿Y esto por qué? Básicamente porque no les interesa lo más mínimo mantener el Estado del Bienestar, ni garantizar la equidad social o las imprescindibles políticas públicas.

Demasiados, de forma velada o más bien explícita, propugnan una sociedad de cartas marcadas a perpetuidad, donde la movilidad social sea más bien una entelequia teórica y la igualdad un valor caduco y estigmatizado. Su populismo fiscal roza lo dantesco. Curiosa paradoja la de quienes sólo miran a EEUU para alabar la injusta rebaja fiscal a los potentados que acaba de perpetrar Trump, y nunca se acuerdan de la mejor tradición en aquellas latitudes, como la inolvidable sentencia, de máxima actualidad, que dejara para los anales de la Historia el gran magistrado del Tribunal Supremo de aquel país, Oliver Wendell Holmes, Jr.:

“Los impuestos son el precio de la civilización”.

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