“Derechos” por Pedro José Navarrete

Con los últimos estertores del Renacimiento como proceso histórico, malvivimos en una sociedad enferma de derechos vacíos de cualquier contenido humanamente aprovechable. Ya no nos queda ni el recurso nostálgico de la izquierda histórica que se desgañitaba con la perpetua conquista de los mismos, se ve que conquistados por ellos para magnánimamente donárselos al pueblo así reducido a esa triste condición de oprimida masa de productores necesarios para que el paternalista invento del Estado “social” continúe funcionando. Hasta los niños de cinco años te llegan hoy del colegio recitándote sus derechos sin saber lo que significan, para lo que sirven o siquiera lo que están diciendo.

No voy a menoscabar el mérito de la tradición mediterránea a favor del Derecho llegado a nosotros como derecho positivo desde la negritud temporal del derecho negativo de nuestra tradición hebrea, griega, latina y árabe, pues sería añadir otro problema a la escueta solución que tenemos; pero sí voy a ser yo quien, humildemente, sin más ánimo que aclararme a mí mismo nociones que ni yo mismo sé que guardo dentro de mí (automayéutica), busque en la ciencia moderna los principios, que no los fundamentos – estos últimos paciente y rigurosamente sistematizados a lo largo de siglos –, que ayuden a incardinar al Derecho, todo, en el lugar de la naturaleza humana que realmente le corresponde. No desprecio con ello la utilidad de herramientas como la Filosofía y hasta la experiencia que suponen el uso y la costumbre; únicamente pretendo que la objetivación científica entre a ser el escabel en que descansen los pies de todo nuestro entramado legal.

El Hombre, biológicamente, al menos durante los 150.000 años de nuestra existencia como Homo sapiens, es objetivamente una especie social, cooperativa, sinérgica, con división compleja de funciones según sexos y según rangos de edad; y lo es independientemente de sus modismos y engreimientos de solitario hiperpredador de Gaia. No obstante, el Hombre, como especie animal, vive como un macroorganismo con un único propósito: su autoperpetuación como especie viva en espacio y tiempo; luego, el Hombre, funda su existencia en necesidades de viabilidad ecológica sometidas al imperio de leyes universales que lo obligan mucho más allá de sus anhelos y ensoñaciones. Así pues, en este cambio de paradigma humano que se avecina en los albores del III Milenio, auténtica modernidad, todo lo humano, Derecho inclusive, deberá ser referido a esas necesidades existenciales humanas que la ciencia ha podido catalogar sistemáticamente con las objetividad y asepsia intelectuales únicamente disponibles para el método científico y, por tanto, estadísticamente mensurables, comparables y relativizadas conforme a lo común para el estudio y la comprensión del universo conocido.

No es de extrañar que, en sus orígenes, el Derecho fuera de carácter negativo pues, cuanto más cercanos a nuestro alumbramiento como especie, menos numerosos y más conscientes fuimos de que el individuo está atado a la sociedad por indisolubles obligaciones contraídas con el mero hecho de haber nacido. Así pues, el primer código legal del que se tiene noticia, el Código de Hammurabi, Milenio –VII, se basaba en estelas pétreas con todo un coactivo elenco de obligaciones y sanciones instaladas en el corazón de todos y cada uno de los poblados de su imperio. El segundo, que yo recuerde, y tal vez a resultas de los abusos elitistas achacables al aristocrático primer ejemplo, fueron las tablas de la Ley de Moisés, o forma mediterránea de someter a los soberanos al imperio de la ley imputando a Dios la autoría de la misma, con el acierto político de que al estamento aristocrático se le contrapusiese el estamento eclesiástico, único legitimado para interpretar dicha ley, pero con la trampa de poder que supuso la adición del estamento clerical al de una rancia aristocracia militar monopolizadora de la violencia.

De cualquier modo, la base del Derecho negativo es siempre la misma: las obligaciones de la persona hacia la especie; y su abuso apriorístico en todo momento el mismo: el privilegio efectivo de la élite administradora de dichos deberes. Y tal debió ser el poder conferido a las élites por el Derecho negativo que no tardarían en aparecer los soberanos deificados por toda la Cuenca del Mediterráneo, aunando la conveniencia del monopolio de la violencia de su soberanía terrenal y la oportuna concurrencia de una naturaleza divina que les colocaba por encima de sacerdocios vicarios de dichas inefables deidades. Y, no obstante, fue la antigua Roma la que sentó las bases del Derecho positivo, quizá espoleada tanto por el desbordado crecimiento demográfico como por su desbordante crecimiento territorial, luego étnico, desde la piedra angular del manido aserto “do ut des”… Doy para que me des, es decir, si doy primero, me legitimo para recibir y, en su defecto, exigir si no soy correspondido.

Pero el nacimiento del Derecho positivo como tal se lo debemos, sin duda, a la Ilustración y su consecuencia sociopolítica, la Revolución Francesa, que, acuñando el término Nación = pueblo soberano como concepto jurídico, responsabilizaba a toda la Sociedad de la autoría y administración de unas obligaciones sociales que emanaban de la naturaleza igual de toda persona y no de la paternal magnanimidad de unas monarquías absolutas únicamente justificables por el asfixiante poder coactivo/coercitivo ejercido inclementemente por los estamentos privilegiados que sostenían al propio trono soberano. De entonces a esta parte, más de dos siglos de renacimiento humano hacia su renaturalización como sociedad cooperativa sinérgica han ido derivando hacia un apriorístico reconocimiento de derechos que, a más de no tener más fundamento que la Filosofía del Derecho y la pugna política por el Poder, han devenido una suerte de fiebre existencial que amenaza ya con quebrar la naturaleza del Hombre.

No obstante, la ciencia nos reclama poner el foco de nuestra atención en que el Hombre, por cuanto que especie viva y social, solo conoce de necesidades individuales y colectivas, inherentes al imperativo natural de viabilidad ecológica e impuestas por los principios universales de transformación de la energía que ningún ser vivo puede transgredir sin responder por ello con su propia vida. Así pues, debe ser cada necesidad discreta de la persona la razón primera y última del Derecho neutro llamado a articular el nuevo paradigma humano, necesidad discreta que se fundamenta en un deber para con la especie concreto, ineludible, aunque esa realidad se exprese como un derecho que la Nación reconoce positivamente en cada neonato a la espera de que éste cumpla oportunamente con las obligaciones del contrato social que supone, en sí mismo, el acto de su nacimiento.

Dicho de modo más ilustrativo. Partiendo del principio universal de que la vida no es un derecho, sino el hecho constitutivo de todo derecho, los atributos físicos de dicha vida son una suerte de dote biológica que cada neonato tiene físicamente reconocida nada más nacer, es decir, el pan que cada niño trae debajo del brazo, según el dicho popular, o el pequeño cofre de monedas de curso legal que todo bebe trae a este negocio llamado vida humana: el capital de la persona. Cada una de esas MONEDAS, o necesidad concreta, cuentan indisolublemente en su cuño universal con una pesada CRUZ, el deber, que porta el valor inequívoco de la misma, así como una CARA conmemorativa, el derecho, que expresa el contrato social concreto que sustenta el valor de dicha moneda. Y ahora sí, conforme al románico “do ut des”, podemos encontrarle pleno sentido humano a una legislación en positivo que exigirá, desde luego, la educación de ciudadanos libres y conscientes del carácter indisoluble, incuestionable, de derechos y deberes, con estos últimos como valor real de la convivencia humana.

Sólo queda decirle a nuestra trasnochada y decadente izquierda histórica, que miente descaradamente cuanto nos habla de la conquista de derechos. Se lo dice la nueva izquierda, regenerada y reformista, que viene al nuevo paradigma humano haciéndole notar a la ciudadanía que si sigue siendo necesario RECONQUISTAR derechos, porque los deberes no tenemos quien nos los condone, es porque hemos dejado que las élites del momento se los apropien desde la avaricia de un Poder que se reproduce a sí mismo desde su necesidad visceral de gestionar una existencia de vencedores sobre vencidos. Y esto incluye a toda es izquierda mercadotécnica de privilegios políticos, teléfono corporativo y coche oficial que hace lustros que no pasa de triste maquinaria electoral.

¡Carpe diem!

Autor: Pedro José Navarrete

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