La frivolidad como alternativa

Ada Colau no acudió a los actos de recibimiento al Rey en el Mobile World Congress, que se celebra estos días en Barcelona. Una vez más, determinada izquierda tiene a gala desempeñar una función teatral, consistente en simular una estridente disconformidad con el establishment institucional… desde las propias instituciones. Tras el rechazo de la institución monárquica – se nos explica – se encuentra la condena a la actuación (correcta, huelga decir) del Rey con ocasión del 1 de Octubre. Por supuesto, ni el menor asomo de condena al golpe de Estado que supuso la celebración de un referéndum ilegal que perpetraba, a fuer de la hoy investigada comisión delictiva, un inaceptable atentado contra la integridad de nuestra ciudadanía democrática compartida.

En las últimas semanas, Irene Montero y otros dirigentes de Podemos se han deslizado por la misma pendiente: altisonantes denuncias a la monarquía, acusando a la institución de constituir una reminiscencia obsoleta, fuente de privilegios inaceptables. Todo ello mientras, sin el menor asomo de vergüenza ajena, defendían con denuedo las peculiaridades ancestrales de los derechos históricos de País Vasco y Navarra y su correlato práctico que se traduce en una financiación privilegiada y excepcional para unos concretos ciudadanos en detrimento de los demás. Así luce la retórica de la nueva izquierda oficial: azotando sin piedad los privilegios decorativos, mientras avala con fruición los privilegios sustantivos. Y sin despeinarse.

En verdad, tanto lo de Ada como lo de Irene no son conductas aisladas, sino que responder a un comportamiento general. Con demasiada frecuencia, la izquierda oficial oficia como marxista, si bien ha tiempo que no es Carlos Marx el que inspira sus postulados y directrices políticas, sino que se trata de un marxismo por entero procedente de las tesis humorísticas de Groucho. Sólo así se explica el amor por la pose y el disparate, por la gamberrada superficial y por el postureo más absoluto, que le permite vivir instalada en el lugar común y, a la vez, en la contradicción permanente.

En un reciente artículo nuestro compañero Fernando Savater aludía a los que “preferimos ser ciudadanos sin república a republicanos sin ciudadanía”. Desde Plataforma Ahora, inspirados en los principios radicalmente democráticos del republicanismo cívico, valoramos y ponderamos la lucha por una forma de gobierno republicana que preserve y garantice todas las conquistas irrenunciables de nuestra ciudadanía democrática. Lo que nos parece simplemente disparatado es que las reivindicaciones republicanas las encabecen precisamente aquellos políticos incapaces de respetar la esfera de lo público como espacio laico de representación, donde no cabe proyectar las animadversiones sectarias de cada cual o los pequeños y miopes intereses partidistas que se persigan. De ahí que seamos refractarios a impugnar la actual monarquía parlamentaria de la mano de quienes sacralizan privilegios que, lejos de ser representativos o simbólicos, tiene plena trascendencia material y socavan radicalmente los fundamentos más esenciales de la democracia.

Sea como fuere, la tradición republicana – también la española – no merece ser caricaturizada por quienes hacen de la frivolidad y la irresponsabilidad su carta de naturaleza. No hay nada de transformador en el gamberrismo institucional que se reclama antisistema (desde la poltrona privilegiada de quien ha adquirido, de forma fulgurante, los peores vicios del sistema), ni hay nada de revolucionario en convertir las instituciones públicas en pequeños dominios privados sometidos a discrecionales voluntades particulares. Es más, la privatización de lo público – sometiendo las instituciones a credos particulares, aunque se trate, como en este caso, del credo del esperpento, la pose y el postureo vacuo – es la conducta más reaccionaria que uno puede echarse a la cara. No existe el menor atisbo de transgresión en hacer de la supina bobada norma habitual de conducta, y aún menos cuando las consecuencias de tus actos son nulas puesto que tu perpetuación institucional está asegurada, al menos hasta las próximas elecciones. Y, en fin, pocas cosas son menos republicanas que defender los privilegios en nombre de la identidad o promocionar la fractura de la ciudadanía compartida que garantiza nuestra igualdad de derechos y deberes como miembros de una misma comunidad política.

Mientras que la izquierda oficial se dedica en cuerpo y alma al marxismo grouchiano – desprovisto de talento e inspirado en la más burda y banal frivolidad – el paradigma neoliberal sigue inalterado su curso. Descartado cualquier esfuerzo intelectual por articular un relato sólido al hegemónico, la izquierda nominal, a veces entregada a la causa de las identidades y a sacralizar en su virtud el fetiche de la diferencia, otras veces entretenida en la superficialidad más irrelevante, resulta una “izquierda” tristemente neutralizada, para total tranquilidad de los poderosos.

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