“La izquierda y la inmersión lingüística” por José García Domínguez

El integrismo lingüístico, ese subproducto gramático de los nacionalismos indigenistas que encuentra su raíz ideológica última en tratar de desposeer de derechos a los hablantes de los idiomas para traspasar tales fueros a los idiomas mismos, fijación fundamentalista una de cuyas manifestaciones más radicales es la inmersión obligatoria que hoy se practica en las escuelas de Cataluña y sólo de Cataluña (en ningún otro país del mundo occidental, incluido el Quebec canadiense, rige semejante sistema), nunca fue, contra lo que tantos quieren creer, una bandera histórica de la izquierda catalana de obediencia socialista. Bien al contrario, la biografía de la inmersión obligatoria es el acta notarial de la derrota de las corrientes de renovación pedagógica surgidas del seno mismo del progresismo autóctono a manos de la facción más cerril, intransigente y ultramontana del catalanismo conservador, esa misma que desde principios de la década de los sesenta del siglo XX hizo de Òmnium Cultural su particular búnker nacional-sociolingüista.

Una derrota, la de la pedagogía local heredera de las tradiciones socialistas y libertarias tan arraigadas en la Cataluña anterior a la Guerra Civil, cuyo máximo exponente sería el repudio por parte de la Generalitat pujolista de las tesis a favor del bilingüismo en la educación primaria postuladas por Marta Mata, la gran pedagoga del socialismo nativo y cabeza visible del grupo de maestros Rosa Sensat.

Frente a esa doctrina defendida por el socialismo catalán recién salido de las catacumbas, la que pugnaba por priorizar las necesidades docentes de los niños por encima de cualquier afán doctrinal, la derecha catalanista de CiU optó por encomendar el mando absoluto de la cuestión del idioma en las aulas a un tal Joaquim Arenas, el otro camarada Arenas, un fanático ex cura y ex dirigente del PSAN -el partido nodriza de Terra Lliure- que hasta la víspera de su nombramiento había ejercido como uno de los máximos directivos de Òmnium. Arenas, un talibán tan implacable como montaraz, acabaría siendo el verdadero padre de esa célebre aberración autóctona, la inmersión obligatoria. No un asunto de idiomas vernáculos, como aún creen los ingenuos, sino una cuestión de clases sociales. Porque la inmersión forzosa a la catalana es un aceite de ricino escolar que sólo se administra a los de abajo, exclusivamente a ellos.

De ahí que ese pretendido modelo de éxito no sea aplicado en ningún colegio privado de élite entre los muchos que hay en territorio catalán. En ninguno. Extraño modelo de éxito ese del que huyen como de la peste todos cuantos se pueden costear de su bolsillo una alternativa. Y es que, como todo el mundo sabe en la plaza, en los colegios de pago catalanes, empezando por el célebre Aula, centro donde recibieron la primera instrucción Artur Mas y sus hijos, se incumple con suma discreción, pero de modo sistemático, la norma legal que prohíbe el uso docente del castellano. Lo otro, la inmersión, sólo es para los pobres.

Y por eso resultan ser ellos, los pobres, quienes menor dominio acreditan poseer en el manejo de la lengua común española. Pues tan cierto es que toda la población catalana actual se defiende más o menos con el castellano como que únicamente una minoría menguante del censo domina ya sus registros cultos. Casualmente, se trata de aquellos que por su origen social tienen acceso a los usos elevados del idioma a través de canales ajenos a la red de instrucción pública. Para los demás, el vulgo sumergido, queda el muy tosco catañol de la calle; el de esos vendedores de las grandes superficies que preguntan al cliente «cuántos en quiere» o el de los que creen manejar con precisión intachable la lengua franca cuando advierten a su interlocutor que «cal» firmar un recibo. Panorama desolador que pondría los pelos de punta a la socialista Marta Mata, la misma Marta Mata que redactó este párrafo revelador en sus memorias de niña republicana: «Mi vivencia es la de un aprendizaje en las dos lenguas sin ninguna clase de conflicto. El maestro se dirigía al niño en la lengua familiar del alumno, y en cuanto a la lectura y la escritura había escuelas que hacían una semana en catalán y una en castellano, también había otras que lo hacían día sí y día no, en algunas se enseñaba por la mañana en una lengua y por la tarde en la otra. Recuerdo que tuvimos una muy buena educación literaria en catalán: acompañábamos todos los estudios de ciencias con los textos poéticos correspondientes, que sacábamos de la antología literaria de Artur Martorell. Angeleta Ferrer, profesora de Ciencias Naturales, para explicarnos el almendro y el paso de las estaciones nos hacía leer el dietario de Maragall (…) Debo decir que al mismo tiempo había unos poetas castellanos extraordinariamente valorados en la escuela: Juan Ramón Jiménez, Alejandro Gascón, García Lorca, Machado…».

Memoria histórica se llama la figura.

Autor: José García Domínguez
Fuente: http://www.elmundo.es/espana/2018/02/23/5a8f1ff846163fb1278b4617.html

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