Alsasua: la pulsión totalitaria

Ayer 17 de abril, COVITE salió a las calles de Pamplona para mostrar su solidaridad con las víctimas del ataque totalitario de Alsasua. Allí estuvo Plataforma Ahora, como no podía ser de otra manera. No sin amargura, cabe decir, por tener que seguir reivindicando la dignidad democrática y la libertad ante hechos impropios de un Estado de Derecho, en pleno siglo XXI. Una verdadera anomalía.

No por contar con escalofriantes precedentes deja de ser una indigna anomalía que en España a uno le puedan atacar por sus ideas políticas o por su condición de miembro de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. Todavía hoy asistimos espantados a hechos deleznables de esta índole, y lamentamos constatar que no es algo casual. Durante más de cuarenta años la España democrática fue una verdadera anomalía en la Unión Europea y en el conjunto de las sociedades libres: en un bucólico rincón del país, los derechos y libertades de los ciudadanos no nacionalistas estuvieron secuestrados por la acción criminal de la banda totalitaria ETA. En estos tiempos de memoria histórica – tan necesaria si es integral y carente de omisiones sectarias – apenas se puede hablar de una asunto que parece incomodar a propios y extraños. La corriente de pensamiento más generalizada y con hondo arraigo en el imaginario colectivo es  la recomendación de aplicar una suerte de amnesia generalizada que disipe en la bruma de la inconcreción todo lo ocurrido. Se propone aludir de forma difusa y confusa a un supuesto conflicto sostenido durante décadas, como si dos bandos en pie de igualdad y con idéntica legitimidad se hubieran enfrentado. Como si no siguiera habiendo trescientos crímenes sin esclarecer. Como si el totalitarismo y la persecución de los disidentes fuese susceptible de olvido. Como si aún hoy, quienes sufrieron el miedo, el exilio, la vida secuestrada, el asesinato de familiares y amigos y tantas otras tropelías, tuvieran que vivir avergonzados, asumiendo de forma sumisa el clima hostil de sus pueblos y ciudades, pidiendo perdón por existir o, directamente, dando las gracias a sus verdugos por el supuesto mérito de haberles dejado de matar.

Publicamos estas líneas mientras salta a los medios de comunicación la noticia del cambio de declaración de testigos clave en las sesiones de juicio oral celebradas en relación a la agresión de Alsasua. No nos extrañan tampoco estas revelaciones sobrevenidas y cambios repentinos de versiones; no nos extraña que en el clima hostil de Alsasua, y de tantos lugares donde la hegemonía nacionalista sigue siendo una realidad, salga más a cuenta ponerse del lado de los victimarios que de las víctimas.

¿Y por qué? ¿Por la perversidad ontológica de algunos seres humanos? No podemos negar que el País Vasco fue terrero fértil de desgarradores silencios, de dedos acusadores, de cobardes delaciones, y de vomitivas justificaciones de los crímenes al son de la degradante voz del algo habrá hecho. Pero también en el País Vasco surgieron Denon Artean, Basta Ya o Covite, fue allí donde se articuló la respuesta de la dignidad y la justicia, la encomiable resistencia cívica de los verdaderos héroes de nuestro tiempo. Como no somos nacionalistas, rechazamos de plazo la primitiva tesis que apunta a la geografía o al árbol genealógico como generadores de una identidad homogénea que aboca a los ciudadanos oriundos de un determinados lugar a un comportamiento particular y predeterminado. Achacamos más bien el actual estado de cosas a una renuncia implícita y dolorosa, que no puede convertirse en irreversible. La renuncia a construir un relato sólido y diáfano sobre el terrorismo etarra y su sangrienta historia.

No podemos cerrar las heridas que aún supuran sin antes sanarlas. Es imprescindible que evitemos que actos como el de Alsasua vuelvan a repetirse y, para ello, resulta ineludible que el final de ETA se cimente sobre un relato diáfano y claro, en el que haya vencedores y vencidos. Es perentorio que exijamos memoria, dignidad y justicia para las víctimas del terrorismo, también en esos trescientos crímenes desgarradores que siguen pendientes de esclarecerse. Se lo debemos a las víctimas y al conjunto de la sociedad democrática, y se lo debemos también a las generaciones venideras que merecen conocer la realidad de lo ocurrido: durante demasiado tiempo una banda fanática y totalitaria quiso subvertir el orden democrático de nuestro país asesinando de forma vil y cobarde a todos los que se atrevieron a plantar cara a su febril proyecto independentista, ante el abominable silencio cómplice de los que hoy, en el culmen de la impostura, alzan la voz para pedir que miremos a otro lado.

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