1 de mayo: del ritual a la acción

Hoy es 1 de mayo. Las manifestaciones se sucederán con sus banderas, pancartas y consignas enmohecidas por la falta de convicción. La escasez de asistencia y una renuncia, cada vez más explícita, al cambio social completarán el panorama. Habrá incluso alguno que, en un arranque de teatralidad, ondee la vetusta enseña de la hoz y el martillo. Una bandera roja mancillada por los horrores del stalinismo. Pero seamos sinceros: últimamente, para los sindicatos españoles cuentan más las inventadas por los nacionalistas vascos o catalanes para agredir simbólicamente a los que no piensan como ellos. EREs y nacionalismo, en diversas dosis, han transformado a los sindicatos de clase, en sombra de lo que fueron. El 2 de mayo la vida proseguirá. El rito se habrá cumplido. Las proclamas realizadas. La brecha con los trabajadores consumada.

Aurora león, la primera abogada laboralista de Sevilla señala, con razón, que el trabajador está ahora completamente vendido. En una entrevista reciente, defendía con vehemencia argumentos que no suelen tener eco en el duopolio televisivo o en las cadenas públicas. “Habrá oprimidos mientras siga existiendo la desigualdad y la injusticia”. León señala que tanto la precariedad y la carencia de derechos laborales, como la intangibilidad del poder empresarial, son un síntoma de la degradación de la democracia. Si esta abogada tiene razón, vivimos una involución democrática desde hace más de 15 años. Pero todo puede empeorar. La flexibilización radical de las causas de despido empeorará todavía más la situación, así como propuestas como el contrato único, cuyo fin es convertir en temporales a todos los trabajadores.

Otra cuestión que afecta a la vida y las relaciones personales de mujeres y hombres es la regresión en el horario de trabajo. Se habla de la conciliación, pero son muchos los que tienen su ordenador, tableta o teléfono encendido las 24 horas del día. Estos dispositivos electrónicos se han mimetizado con nuestro tiempo de ocio y lo han colonizado. Hay madres que duermen a sus hijos contestado un correo electrónico del trabajo a las 12 de la noche.  Nadie paga esas horas. Nadie devuelve a madres y padres ese tiempo. Mientras los abuelos realizan los servicios que los gobiernos no llevan a cabo. Encima, últimamente, se les ha criminalizado en el colmo del cinismo. Se ha tratado de enfrentar unas generaciones con otras: las que cobran pensión y las que no lo harán, de acuerdo a la doctrina de aquellos que se hacen cada vez más ricos con los planes privados de pensiones. Solo una pregunta: ¿cuántas familias se han salvado por la pensión del abuelo?

La plusvalía obtenida gracias a la última crisis ha sido espectacular. Las trasferencias del trabajo al capital han crecido de forma exponencial. La concentración de la riqueza aumenta, mientras que la pobreza se enquista en amplios sectores de la población española de acuerdo a estadísticas, nada sospechosas de izquierdismo, como las que ofrece Eurostat. La plusvalía ya no solo se extrae por el trabajo que uno realiza: en el siglo XXI la extracción de datos personales de los usuarios de Internet es una de las fuentes de plusvalía más impresionantes de la historia. Y los gobiernos lo permiten, a pesar de afectar gravemente a nuestros derechos fundamentales.

Pero poco o nada se habla, y menos se reflexiona, sobre estas injusticias que comprometen gravemente nuestra democracia. No podemos despojarnos de la impresión de que hay una realidad política para la población en general y otra muy diferente para los grandes empresarios, inversores o lobistas. Para los primeros se cocina una ficción sociopolítica donde manda el individualismo, el sentimentalismo barato y la desconexión del sujeto o colectivo de las estructuras sociales. Es el mundo de la identidad, de algunos casos de corrupción –no los más graves-, de las peleas entre políticos, de las diatribas sin fin de los nacionalistas, del cotilleo y, finalmente, de la interminable información futbolística. Pero la realidad política es otra. Aquella donde se juega, en unas pocas manos, el destino de millones de personas. De las inversiones millonarias y las luchas de grandes empresas por el control de los recursos y su influencia en los grandes organismos multilaterales. Aquí conceptos como nación o identidad provocan la carcajada y las crisis entre los políticos no son más que riñas que entretienen al vulgo. Mientras tanto, la democracia se degrada. Los políticos europeos venden al electorado la zanahoria del “pleno empleo”, mientras que la incertidumbre se apodera de las familias con hijos ante el advenimiento de los robots y la inteligencia artificial. La erosión de las instituciones en Europa es tanta, que no hay más que ver el auge de la extrema derecha xenófoba y racista para corroborar que algo no va bien. Aun no ha transcurrido ni un siglo del surgimiento de los totalitarismos en Europa, verdaderos enemigos del movimiento obrero, y ya oteamos síntomas de un cierto rebrote de este mal populista y nacionalista. La injusticia social es el caldo de cultivo perfecto. De hecho, el modelo económico hegemónico ha solido resolver sus crisis cíclicas a base de totalitarismo.

Pero una cosa es la realidad y otra la ficción con la que se trata de esconder la explotación de mujeres que cobran una miseria por trabajar a destajo haciendo habitaciones en cadenas de hoteles con beneficios record; el trabajo diario de repartidores que se dan de alta como falsos autónomos para engordar las cuentas de resultados de empresas que tributan en condiciones injustas; o la de miles de jóvenes explotados en trabajos precarios bajo promesas de futuro, que no terminan de concretarse. Tampoco se pueden olvidar a los autónomos, que se levantan cada mañana luchando, en una desigual justa, contra gigantes de su ramo o contra el menosprecio fiscal de los gobiernos y a los artistas e investigadores que cansados de la desidia gubernamental tiran la toalla o se marchan. Otros sectores como los agricultores, sometidos a los caprichos de Bruselas y a la falta de entendimiento en la distribución de los recursos hídricos, padecen la tiranía de los intermediarios. En fin, la precarización de miles de trabajadores con miedo a presentar cualquier reclamación laboral que pueda convertirse en la puerta del despido. Esa es la realidad de España. También la del paro. El trabajo es mucho más que una forma de ganarse la vida. Es un ingrediente esencial en la vida del ser humano, en el desarrollo de su personalidad, en su dignidad. El trabajo es mucho más que un empleo.

Frente a esta adversa realidad no caben ocurrencias ni las soluciones neoliberales o populistas propiciadas por la falsa izquierda. Es imprescindible una izquierda real, consciente de la magnitud de estos problemas y de las dificultades para encontrar vía de solución que contemplen la justicia social y la democracia. Precisamos de una producción que tenga en cuenta a la inmensa mayoría de personas trabajadoras y sea socialmente útil. Necesitamos políticas que generen igualdad y provean de servicios públicos fuertes. Es fundamental una legislación que recupere el estado social y que garantice una inversión de al menos un 3% del PIB en I+D. La democracia ha de llegar a todos los sectores de la sociedad para que tenga real sentido. Pero no será fácil. Las relaciones de dominio en España, y a nivel global, van en un sentido opuesto. No hay más que ver los trabajos de fotoperiodistas que anualmente se recogen en el World Press Photo.  Sin embargo, somos el 99%. Esa verdad necesariamente ha de servir para algo.

Comenzamos con una abogada laboralista y queremos terminar con una filósofa que fue encarcelada por un gobierno autoritario por defender a los trabajadores y ser fiel a unas ideas de justicia e igualdad. En un fragmento de una carta de Rosa Luxemburg a Luise Kautsky durante su internamiento en la prisión de Wronke, decía, “cuando se tiene la mala costumbre de buscar una gotita de veneno en toda flor abierta, se encuentra siempre alguna razón para lamentarse. Mira las cosas desde el ángulo opuesto y busca la miel en cada flor: encontrarás siempre alguna razón para una alegría serena. Además, créeme, el tiempo que paso tras los barrotes no es tiempo perdido. Soy de la opinión de que debemos llevar la vida que creamos justa, sin exigir que se nos pague de inmediato en especies contantes y sonantes por lo que hacemos. Al final todo será recapitulado: y si no lo es, me importa un comino. Incluso sin ello, ¡la vida es una fuente tan grande de alegría!”. Esta pasión, esta emoción alegre, como decía Spinoza, debe ayudarnos a comprender que por muy titánica que sea la tarea, debemos poner lo mejor de nosotros mismos para hacer nuestra realidad más justa y democrática. No persistamos en el rito. Volvamos a la acción.

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