“Igualdad en venta” por Rafael Rodríguez Prieto

Qué escándalo. He descubierto que aquí se juega.” Esas palabras pronunciadas por el comisario de policía Renault en la película Casablanca reflejan la turbia condición del personaje. Pocos segundos después de anunciar el cierre del local de Rick, recoge sus ganancias de la noche. “Muchas gracias”, responde mientras expulsa a los últimos clientes. Renault es un sinvergüenza hábil y astuto al que no le importa inventar cualquier excusa para preservar su posición. La moción de la corrupción es un ejercicio de hipocresía semejante al de Renault, pero sin la inteligencia o gracia del inmortal comisario, ni la grandeza de la película de Michael Curtiz. Como mucho, llega a la categoría de dibujo animado. Recuerdo esa entrañable serie de los Autos Locos, en los que pintorescos competidores se afanaban en ganar una carrera. Competía un tal Pierre Nodoyuna, caracterizado por una ambición desmedida corregida por sus escasas luces.

Enciendes la televisión y la náusea te invade. Los políticos parecen hablar para retrasados mentales; perdón, para gente con capacidades especiales. Y es que los ciudadanos debemos ser muy especiales para soportar que nos traten como energúmenos sin memoria o raciocinio. Se supone que el duopolio nos tiene que embrutecer programando first dates y realities enlatados en EEUU para que no percibamos la hipocresía de sus argumentos pueriles. Sin embargo, para su desgracia, aun no lo han logrado. La insoportable levedad del ser se torna en la broma.

Los precios suben y dicen que crecemos. Los salarios bajan, mientras las condiciones de trabajo empeoran, y afirman ufanos que se crean empleos. Los servicios públicos se degradan y proclaman su apuesta por el Estado de bienestar. Cualquier adjetivo se asemeja a un libro de recetas amarillento. A un déjà vu de 1.080 recetas que nunca se hicieron. Lo único capaz de sacarnos del sopor es el persistente hedor a cortoplacismo, mientras se barajan sillones y supersueldos. Se suponía que la política tenía que servir para arreglar los problemas de la gente, no para resolver la vida laboral de algunos. Si el censor Pedro quiere la nómina del Consejo de Estado por haber realizado una visita panorámica a la presidencia, podríamos entre todos comprarle unos décimos para que gane el sueldo de 5.000 euros al mes.

Sobran razones para expulsar al Gobierno. Pero, precisamente, la corrupción no es la más sólida. Que el partido de los ERE pida ayuda al del 3% en Cataluña y recabe el apoyo de otro, íntimo una tiránica teocracia, es insultante. El resto tampoco están exentos de escándalos, inclusive la raza superior del PNV. El eterno retorno de la corrupción es una de las pocas leyes que funciona en nuestros tuberculosos gobiernos representativos. Al dios González lo sacaron de Moncloa las decenas de corruptelas -hasta en el BOE había trapicheo. Los aznaristas que obraron el milagro, e hicieron el paseíllo en la boda de la hija del amado líder neotejano, cambiaron, años después, el sol levantino y la paella de bogavante por la sombra de Soto del Real y los espaguetis carbonara. La corrupción es estructural en el modelo neoliberal, donde el reconocimiento social se substancia en el número de ceros de la cuenta corriente y los metros cuadrados de piscina. Corrupción son los paraísos fiscales, los intocables, los que se aprovechan de un mundo donde todo parece estar en venta y en el que un ejecutivo del Íbex gana 112 veces el sueldo medio de su compañía y 207 veces el salario más bajo. La corrupción es una consecuencia de un estado de cosas injusto, favorecido por la falta de controles y valores. Nunca es la causa real de nuestros problemas. En aquellos estados donde la situación es más injusta socialmente, esta se muestra de una forma más evidente y descarnada.

El Gobierno del censurado Rajoy se ha ganado a pulso su revocación. Han faltado gravemente a la responsabilidad que adquirieron tras la aplicación del 155. Lo último ha sido insultar a las víctimas que discrepan de su política respecto a ETA. La ineptitud de los miembros del Ministerio del Interior alcanzó su cenit con el dispositivo el 1 de octubre que garantizó al separatismo propaganda para varios lustros, por no hablar de las condiciones de los policías en Cataluña. El mantenimiento de los responsables políticos separatistas y su complicidad en la expulsión del castellano de la escuela es otra muestra. Un Gobierno para el que un día no hay dinero para pensiones y al otro aparece, es un Ejecutivo al que la suerte de los españoles y de España le trae sin cuidado. Se han dedicado a vender la igualdad de los españoles al que les garantiza la continuidad en el coche oficial. En esto censurado y censor están de acuerdo. Mientras tanto, el puerto de Algeciras continúa sin tren. No somos nadie.

Autor: Rafael Rodríguez Prieto
Fuente: http://www.diariodesevilla.es/opinion/tribuna/Igualdad-venta_0_1250275260.html

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