‘Salvese quien pueda’ por Guillermo del Valle

Un paseo por Madrid en el caluroso verano resulta suficiente para percatarse de una imagen consolidada en el paisaje. Decenas de ciclistas con distintivos corporativos recorren las calles con premura, sin importar la hora, para llevar el pedido a su destino. Algunos, los más afortunados por lo que parece, ruedan motorizados. Otros, tal vez los más urgidos por las penurias económicas, se ofrecen a trabajar de noche, haciendo combinaciones en transporte público, llevando en la mano sus bicis. Ahora bajo el sol abrasador, dentro de algunos meses seguirán bajo la lluvia o ateridos de frío. Son los riders, estampa inconfundible de nuestro tiempo.

Los pisos turísticos proliferan por doquier. Son alternativas a las tradicionales cadenas hoteleras. Apenas hay quien se resiste a caer en los encantos de una competencia tentadora. En el mejor de los casos, las empresas que gestionan buscan atajos para regatear la legalidad, pero también en esto hay diversidad. No son pocos los cauces alternativos, los que se mueven extramuros de la regulación, o los directamente piratas. Las licencias VTC refuerzan la competencia al sector del taxi. Los próceres del libre mercado dibujan una hagiografía antimonopolio. ¡Viva la competencia! Lástima que olviden explicar por qué se oponen a que en esa competencia todos los actores jueguen con las mismas reglas. Con los mismos requisitos, con las mismas limitaciones horarias, con los mismos controles. Y, de paso, con los mismos derechos laborales, sepultados hoy ante la indiferencia generalizada.

Vivimos en un mundo crecientemente particularista, donde los problemas sólo son reales si nos afectan a nosotros. No deja de ser el correlato lógico de la cosmovisión imperante. ¡Sálvese quien pueda! Y quien no pueda…

Comprar por Amazon desde nuestro sofá. Pedir la mayor de las nimiedades por Glovo, cenar vía Deliveroo, desplazarse con Uber. La economía colaborativa ha supuesto una revolución en nuestra forma de relacionarnos. Y no debemos desechar todas sus implicaciones. Lo que resulta difícilmente justificable es que Amazon apenas pague impuestos mientras proliferan los recortes sociales, Glovo y Deliveroo maltraten a sus trabajadores con unas condiciones fraudulentas y abusivas, y Uber o Cabify fijen sus domicilios sociales en paraísos fiscales.

La paradoja de la economía colaborativa, o al menos de una modalidad especialmente extendida de la misma, radica en que en el tipo de sociedad que dicha economía patrocina la colaboración entre ciudadanos importa bien poco. Es un modelo que propugna apartar al Estado y los poderes públicos de las relaciones entre particulares, como si eliminar los contrapesos públicos en las relaciones privadas fuera cosa distinta que allanar el camino para toda suerte de abusos y chantajes de los más poderosos. El modelo de la competencia sin límite que subyace tras las loas inmoderadas a la supuesta economía colaborativa nos ofrece una enseñanza muy poco pedagógica: quien triunfa es porque quiere, porque el triunfo está al alcance de cualquiera, y quien fracasa… quien fracasa es porque no se esfuerza lo suficiente y, en última instancia, lo merece. Especialmente obscenas resultan esas lecciones en boca de individuos mediocres que nunca han demostrado nada en esa iniciativa privada objeto de sus más fantasiosas hagiografías, o, peor aún, en los discursos de reputados neoliberales que se aferran a sus sillones funcionariales en las mismas universidades públicas que pretenden privatizar. ¡Cosas veredes, amigo Sancho!

La doctrina neoliberal hegemónica propala la necesidad de sacralizar, de forma casi litúrgica, las interacciones privadas entre particulares. Pacta sunt servanda nos recuerdan, los pactos están para cumplirse. Pero también la ley, cabría añadir. Como bien nos explicó Jean-Baptiste Henri Lacordaire, “Entre el fuerte y el débil, entre el rico y el pobre, entre el amo y el sirviente, es la libertad la que oprime y la ley la que libera”. Por eso en las relaciones de desigualdad, como los contratos de adhesión que afectan a los consumidores o las propias relaciones laborales, la invocación reverencial a la libertad concebida como el becerro de oro de las nulas interferencias públicas no es sino una vindicación primaria del avasallamiento de los fuertes sobre los débiles. La verdadera libertad no puede ser desigual porque de lo contrario viviríamos predeterminados para reproducir los patrones, a veces cruentos y terribles, con los que partimos al inicio de nuestras vidas.

Cuando la falsa economía colaborativa desarrolla la archiconocida fórmula de los falsos autónomos para orillar verdaderas relaciones laborales basadas en los principios de ajenidad y dependencia, no son pocos los que subrayan que esto es una libre decisión de la parte contratante y la parte contratada. Que da flexibilidad al trabajador, convertido en poco menos que un potencial emprendedor. La retórica inflamada esconde a duras penas la tozuda realidad: la explotación posmoderna en ocasiones desprotege y expone más a los explotados que en épocas pretéritas, las cuales creíamos felizmente superadas, cuando las relaciones entre desiguales eran descarnadas y paradigmáticamente injustas.

No podemos limitarnos a denunciar las ilegalidades y abusos. Es preciso que adquiramos conciencia ciudadana de lo que está pasando. La depauperación de los empleos, la precarización de los salarios, el triunfo de un modelo de gestión empresarial basado en la deslocalización y en el fraude fiscal resulta todo menos una noticia halagüeña. Para distraer nuestra atención, mientras se reproduce la burbuja inmobiliaria y los precios del alquiler vuelven a dispararse de manera desorbitada, los voceros del libre mercado sin límites alertarán de las pérfidas intenciones colectivistas de quienes denunciamos estos abusos. Estatismo, totalitarismo o miedo a la libertad. Anatemas siempre prestos a la descalificación fácil y silenciadora de todo conato de debate. Distraen la atención de los ciudadanos por si acaso éstos repararan en que la libertad a que algunos aluden machaconamente, la de la ausencia de seguros sociales o las dos horas cotizadas y doce trabajadas, es todo menos libertad. No vaya a ser que cada vez sean más quienes reclamen mérito y esfuerzo individual, pero también controles públicos e instituciones higienizadas que pongan coto a los atropellos patrocinados por una élite de privilegiados.

La bomba de humo que acompaña a determinadas palabras reviste un peligro cierto. Los magos de la retórica usan y abusan de conceptos que suenan tan bien en el imaginario colectivo que resultan difícilmente refutables. Economía colaborativa es uno de ellos. La letra pequeña, laboral, fiscal y humana, pasa desapercibida en los grandilocuentes titulares. Nuestra es la responsabilidad de poner el foco sobre la misma. Precisamente porque de ese esfuerzo depende nuestro futuro. Y una sociedad éticamente digna y habitable, antítesis del paradigma imperante, el que bajo dulces eufemismos nos susurra: “sálvese quien pueda”.

Autor: Guillermo del Valle
Fuente: http://diario16.com/salvese-quien-pueda-2/

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