No da igual, señora Celaá

Recientemente hemos conocido el Informe de la Alta Inspección sobre los libros de texto en Cataluña y la reacción de la ministra Celaá al respecto. Ni el documento, ni la reacción del gobierno del PSOE han sorprendido a Plataforma Ahora.

Desde nuestro nacimiento, venimos denunciando con claridad la utilización de la educación como instrumento de adoctrinamiento y manipulación en las comunidades autónomas con gobiernos nacionalistas. En Cataluña y en otras comunidades autónomas. Desde que el padre de la cosa nostra nacionalista Jordi Pujol diseñara con escuadra y cartabón un deliberado plan de construcción nacional, el proceso de lobotomización nacionalista, al que ha sido condenada la educación, ha resultado imparable. A nadie le cabe ya la menor duda de que en la escuela en Cataluña se enseña a los alumnos que España invadió Cataluña en 1714, aunque al tiempo se sostenga, con idéntica contundencia, que nada parecido a España existía allá por el siglo XVIII. Paradójico silogismo ese que da por sentado que un ente pérfido e invasor dé muestras de su colonialismo incluso antes de existir.

De este calado, y no es chanza, son las mentiras y los falseamientos históricos de los que nos dan sobrada cuenta los libros de texto. El sistema de inmersión lingüística se configura como la clave de bóveda de la construcción nacional. La lengua, tal y como nos repiten los nacionalistas constantemente, prefigura una visión del mundo. Según el dogma religioso del nacionalismo, el campesino gerundense y el estudiante barcelonés, que tienen el catalán como lengua materna, comparten cosmovisión e identidad. Bucólica asimilación que se topa con un escollo: su rotunda falsedad. Al alcance de cualquiera está entender que las lenguas no son dimensiones corpóreas autónomas, sino instrumentos de comunicación entre seres humanos. Igual de sencillo que asumir que el estudiante barcelonés, hable en catalán, en español o sea perfectamente bilingüe, seguramente tenga mayores similitudes identitarias con su homólogo madrileño, francés o newyorkino, que con el campesino gerundense. Identificar la lengua como filtro de tu condición en el mundo, o como peana para la construcción nacional, es una majadería genuinamente nacionalista. Falsa, por más señas. El propio cine español en catalán así nos lo muestra. En la película de Elena Martín, “Júlia ist”, sobre una estudiante de Barcelona que se marcha de Erasmus a Berlín, se usa con naturalidad el catalán como un idioma de España. Cualquier estudiante del resto de España se puede identificar con lo que le sucede a la futura arquitecta, su visión del mundo y los contrastes con las costumbres germanas. En la película se celebra tanto la rumba catalana como una etílica “alianza germano española” en un bar. Y es que la diversidad se celebra, no se odia, como hacen los nacionalistas.

La ministra Celaá planteó en su día, y desde Plataforma Ahora le aplaudimos sin complejos, la necesidad de garantizar el carácter público y laico de la educación. Hoy lamentamos constatar tanto su cambio de opinión, como su necesaria complicidad con el adoctrinamiento en las escuelas. No hay otra manera de interpretar su profundo desprecio por el trabajo de los funcionarios de la Alta Inspección del Estado, que han mostrado la falsificación histórica reflejada en algunos libros de texto usados por los escolares españoles residentes en Cataluña. Se trata de una historia-ficción más propia de regímenes totalitarios que de gobiernos representativos. No basta con esgrimir el latiguillo de lo público y laico, para luego obrar en dirección diametralmente opuesta a lo dicho. Validar con silencios o mentiras que la educación se convierta en un instrumento al servicio del adoctrinamiento del nacionalismo es otorgar bula a quienes usan la escuela para generar futuros siervos al servicio de la oligarquía regional. Los hijos de las familias que, desde hace generaciones, controlan Cataluña cursarán estudios en escuelas donde se enseña chino, alemán o inglés, además de español. Tendrán libros de historia de verdad y heredarán los contactos de sus progenitores para que nadie ose arrebatarles su posición. Los hijos de clase media o trabajadora tendrán una escuela en la que tanto falsedades históricas como inmersión lingüística generarán identidades fácilmente asimilables al totalitarismo nacionalista. Los expertos llevan años diciendo que la lengua materna debe ser vehicular. Mientras, los nacionalistas juegan a la ingeniería social con éxito y la falsa izquierda renuncia a desenmascarar el nacionalismo y denunciar sus abusos.

Y es cierto. Se puede hacer ingeniería social con impunidad en España y llevarla a cabo con la complicidad del PSOE, en este caso -o en los de Baleares, Valencia, País Vasco o Navarra- y en Galicia con el auxilio del PP. Convertir la escuela pública en una clase constante de Formación del Espíritu Nacional – otra nauseabunda reminiscencia franquista – implica no actuar como un gobierno o un estado, sino como apéndices colaboracionistas de los totalitarios.

Desgraciadamente, y aunque estamos seguros que la mayoría del profesorado actúa de forma justa, las directrices políticas y la presión, cuando no la coacción de algunos presuntos educadores, han convertido la escuela en Cataluña en confesional desde un punto de vista identitario, lo cual, señora Celaá, es tan repudiable para quienes creemos en una educación laica, como hacer de la misma ámbito de confesionalidad religiosa. Se enseña a los alumnos los criterios sesgados por el dogma nacionalista para ser buen o mal catalán. Se delimitan los parámetros que determinarán quien es ciudadano de primera y quien es relegado a la categoría de ciudadano de segunda, colono, botifler o extranjero.

La Alta Inspección no ha venido más que a apuntar de manera timorata algo perfectamente conocido. La privatización de la educación pública por parte del nacionalismo identitario que somete un espacio de todos a un derecho de pernada cuya legitimidad se arroga, pasando por encima de leyes y resoluciones judiciales. La conversión de un espacio educativo pretendidamente laico en un orden confesional donde la adscripción al credo nacionalista para profesores, alumnos y padres resulta requisito imperativo para no convertirte en un apestado.

No da igual, señora Celaá, y debe dimitir por dos razones: la primera por insultarnos al decir que examinar la veracidad de los libros de textos sería “censura”. La segunda, por renunciar a gobernar y actuar en complicidad con aquellos cuyo fin es enseñar a los jóvenes a odiar. Permitir el odio en la escuela es mucho peor que tener un máster de pega… o del montón.

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