Hacia un nuevo paradigma: la producción socialmente útil

¿Qué producir? ¿Cómo producirlo? Esas dos simples cuestiones constituyen uno de los grandes tabús del mundo actual. Muchos se preguntan cómo es posible que no paren de poner casas de apuestas en los barrios de trabajadores, donde abunda el paro o los trabajos precarios. Otros se cuestionan por qué producimos armas que destruyen personas, cuando con esa misma tecnología podríamos construir bienes que ayudaran a esas mismas personas a tener una vida muchísimo mejor. Otros plantean por qué producimos ingentes cantidades de comida que nunca consumiremos, que tiraremos, mientras otros no comen o se alimentan con cualquier cosa. Demasiados cuestionan la estrategia de laboratorios farmacéuticos que invierten millones en la cronificación de enfermedades y no en su curación; o bien no se investigan enfermedades raras, cuya rentabilidad coste-beneficio estaría en entredicho; o por qué no se invierte más en investigación básica. Y así tantos interrogantes y dudas que inundan el imaginario colectivo y, ocasionalmente, ocupan las páginas de los periódicos.  Al final, quizá la pregunta más pertinente es por qué no tenemos nada que decir sobre la producción si vivimos en una democracia.

A finales de los setenta, se desarrollaron una serie de iniciativas que, bajo el concepto de la producción socialmente útil, trataron de devolver a la ciudadanía la iniciativa en la organización, diseño y elaboración de bienes y servicios. Producir desde la óptica de la utilidad social cambia diametralmente la perspectiva impuesta sobre la producción; abre la producción al debate y a la reflexión e incluso a la participación democrática. ¿Por qué solo unos pocos pueden decir gracias a su renta qué se produce y cómo se produce? ¿Por qué no introducir otros criterios en la producción? De esta manera, se ensayaron planes de reconversión de la industria de armamento, hacia la producción de bienes que fueran útiles para la sociedad en su conjunto. Se diseñaron proyectos de reindustrialización para zonas enteras como el Gran Londres, presididas por esta concepción de la producción. Un idea abierta, democrática, no excluyente y participativa.

Esta reflexión no surgió de la nada. Fue fruto de un proceso que tuvo lugar después de la II Guerra Mundial y gracias a ese poderoso cambio, pero también inevitablemente coyuntural, que se denominó, Estado del bienestar. Familias que jamás habían conocido la universidad, pudieron llevar a alguno de sus hijos; la renta de los trabajadores creció, a la vez que lo hacían infraestructuras y servicios públicos. El miedo a la dictadura soviética y los desastres provocados por la especulación financiera, la atroz desigualdad y las guerras mundiales hicieron posible una cierta transacción que precisaba el modelo socioeconómico hegemónico para sobrevivir. La incorporación de tantas personas a unas condiciones de vida decentes provocó que emergiera un verdadero debate social sobre el punto al que debía llegar la democratización de la sociedad. Hoy todo eso nos parece lejano e increíble, pero sucedió poco antes de que en los años ochenta del pasado siglo se llevara a cabo una verdadera contrarrevolución neoliberal que nos ha situado en el punto en el que estamos. Una verdadera involución que tuvo su génesis ideológica en los laboratorios de la Escuela Austriaca y de los Chicago Boys, y que contó como bancos de ensayo más paradigmáticos con los gobiernos Thatcher y Reagan, sin olvidar las atroces dictaduras del Cono Sur. Un capitalismo salvaje, partidario de un Estado mínimo, excepto para reprimir a los disidentes como ocurrió en Chile o Argentina. Por lo demás, la hoja de ruta era clara: privatizaciones, externalizaciones, sistema de capitalización para que las pensiones fueran un privilegio de ricos y no un derecho de todos los ciudadanos, todo ello conjugado con un paradigma de sostenida estigmatización de lo público y de demonización del Estado frente a los sacrosantos mercados. Mercados desregulados, que se idealizaron como omniscientes y perfectos, pero que en la práctica terminaban cooptados por unos pocos privilegiados. El poder real estaba y está en manos de esferas financieras y económicas que se sustraen al control democrático. Ese poder, no susceptible de fiscalización democrática, reside en manos de unas pocas corporaciones. Desde entonces, la desigualdad se ha ensanchado de forma escalofriante. En las últimas décadas, hemos vivido una transferencia de las rentas del trabajo hacia las de capital ingente. Se nacionalizan las perdidas y se privatizan los beneficios. Ese es el resultado de la contrarrevolución neoliberal.

Desde Plataforma Ahora queremos romper ese tabú. Creemos en la democracia y nos esforzamos en practicarla y reivindicarla. Democratizar la producción nos conduciría a una sociedad donde las necesidades de las personas fueran la prioridad, frente a la maximización de beneficio. Que se construya una silla de ruedas o un exoesqueleto que todas las personas que lo necesiten puedan obtener con la tecnología que sirve para construir un misil; que se produzca comida que evite hambrunas; que se generen vacunas que eviten enfermedades y medicamentos que curen; que se generen servicios que nos hagan más felices y no más desdichados. En fin, que nos preguntemos sobre el por qué, cómo y para qué producimos algo.

Como se decía en aquella época no tan lejana donde se iniciaron prácticas de producción socialmente útil que fueron abruptamente cercenadas por el neoliberalismo hegemónico desde los años ochenta del pasado siglo – gracias también al desarme ideológico de la izquierda, sometida a través de la tercera vía a los rigores de la ortodoxia thatcheriana –, quizá no sea tanto una cuestión de cuántas veces se vota sino del número de lugares donde podemos votar; donde nuestra voz puede llegar y decidir sobre cuestiones que incumben a nuestras familias, a nuestros barrios, a nuestros países. Reflexionar colectivamente sobre la utilidad social de lo que se produce es una forma de democratizar la sociedad. Democratizar la producción es una forma en que la democracia adquiere todo el sentido. Deberíamos ser conscientes de que los problemas que aparecen fragmentados (cambio climático, carencia de recursos, precarización, etc.) están unidos, relacionados entre sí y que comprenderlo como casos aislados no permite solucionarlos.

Una visión global y panorámica de los procesos y sus alternativas sólo es posible si se adopta una posición ideológica en la izquierda definida y adulta, absolutamente alejada de las servidumbres postmodernas, infantiles e identitarias de la izquierda reaccionaria, tristemente tan en boga por estos lares. Junto a la consabida tercera vía de Giddens y Blair, la deriva particularista y fragmentaria de la izquierda, su abducción por el identitarismo más reaccionario, ha servido también de munición para el blindaje del neoliberalismo hegemónico, a través de la neutralización de la izquierda como alternativa real a ese paradigma. Entretenida en sacralizar el fetiche de la diferencia, la alfombra para el estrechamiento y degradación del Estado social ha quedado expedita. Es por ello que debemos ser ambiciosos a la hora de construir una alternativa. Somos conscientes de las dificultades que enfrentamos. Precisamente por eso se hace imprescindible ser audaces y no cercenar a priori ningún debate. Tampoco el de la producción socialmente útil, esto es, el cambio de paradigma de nuestro modelo de producción y crecimiento. Priorizar, de una vez por todas, el interés general frente al lucrativo negocio de unos pocos. También en eso consiste la democracia.

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