Ni feminazis, ni machirulos

Hace unos días nos recordaban una cita de Bertrand Russell en la que se afirma que el principal problema de la humanidad es que los estúpidos están seguros de todo y los inteligentes están llenos de dudas. Puede que, en parte, sea cierto. En cualquier caso, nos ayuda a justificar nuestra reflexión en un tema tan complejo y con tan prolijas aristas como la violencia de género o, mejor dicho, violencia patriarcal.

No es fácil. En una sociedad en la que impera el trazo grueso y las dialécticas falsas e inanes, es complicado introducir matices, tonos grises, refractarios para todos aquellos que anhelan la consigna definitiva, el mandamiento total que los cobije en la verdad absoluta. Lo sentimos, si esperan eso, busquen en otro lugar. La ecuación entre violencia y género entraña muertes y, en consecuencia, no se trata de un tema que se deba tomar a la ligera.

Concretemos. Comencemos con la segunda parte de la ecuación, el género. Hace unos días conocíamos que mujeres investigadoras reivindicaban al gobierno que no se las penalizara por la maternidad. Se solicitaba algo tan lógico como que se contemplaran esas circunstancias en su promoción profesional. Vinculado a un trato desigual, se sitúa la brecha salarial. Se suele poner como ejemplo el dato de que una mujer necesita trabajar 15 meses, para lograr equiparar su sueldo al que los hombres ganan en 12. La media es que a nivel global las mujeres ganan un 23 % menos que los hombres por el mismo trabajo. Este hecho, implica no solo que las mujeres ganen menos que un hombre por un mismo trabajo en el sector privado –en el público los salarios están regulados-, sino que las mujeres se encuentren en la tesitura constante de tener que demostrar para un mismo puesto de trabajo que son mucho mejores que el candidato masculino y que incluso, en demasiadas ocasiones, tengan que guardar silencio para no ser acusadas de ‘agresivas’, cosa que no sucede en caso de sus colegas varones.

La primera parte de la ecuación concierne a la violencia. Vivimos en una sociedad con índices de criminalidad bajos, lo cual no quiere decir que no exista violencia. Una violencia que se aprecia cuando alguien agrede a otra persona, pero también una violencia estructural, invisible, pero muy real, que se materializa en un daño a las necesidades humanas básicas, causado por la forma en la que se organiza una sociedad. Mujeres y hombres la sufren. Tanto en parejas heterosexuales como homosexuales hay víctimas. La violencia patriarcal es una de las más relevantes. Pero no podemos desgajarla del resto de violencias y del contexto en el que se sitúa. Durante la revolución industrial se repetía la historia del marido que después de un día de explotación en el trabajo terminaba en la cantina ebrio, y llegaba a casa para golpear a su mujer e incluso a sus hijos. ¿Podríamos decir que se trata de un caso solo de violencia de género? Por supuesto que existe, pero hay más cosas. La lesbiana que es golpeada por su pareja. ¿Es violencia de género? ¿Hay algo más? Conviene escapar de las visiones identitarias que reducen y simplifican problemas más hondos, donde las condiciones materiales de vida de las personas desempeñan un rol central.

La entrada en vigor de la Ley Orgánica 1/2004, de 28 de diciembre, de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género ha tenido dos tipos de consecuencias. Las primeras se vinculan a debate jurídico propiciado. Para algunas voces, la legislación española cuenta con una norma útil y adecuada para la protección de las mujeres en situación de violencia. Otra cosa son los medios que le puedan hacer más eficaz. En concreto y con motivo del caso Juana Rivas, se generó en 2017 un debate social sobre si había que modificar la ley para que casos como ese no se reprodujeran y, por tanto, reformarla para garantizar de forma más eficaz la seguridad de las mujeres. Así, se planteó incluso la posibilidad de que la interposición de la denuncia tuviera per se algún tipo de consecuencia, aunque finalmente quedara archivada, lo que nos conduciría a un derecho penal del enemigo, como ha señalado la jurista Isabel Elbal. De acuerdo a esta jurista, erosionar sin remedio derechos fundamentales como la presunción de inocencia o invertir la carga de la prueba conducen inexorablemente a al excepcionalismo judicial.  Es por ello, que existe un cierto consenso alrededor de la idea de que la legislación merece una oportunidad y que garantiza los derechos de las mujeres; las circunstancias en que se nos muestra ineficaz se deben más a cuestiones que atañen a su aplicación.

La valoración de esta norma es dispar. De hecho, hace años que existe una notable expectación entorno al pronunciamiento que pueda hacer el Tribunal Europeo de Derechos Humanos sobre la misma. Algunos juristas consideran que la ley discrimina, de forma clara y evidente, al hombre respecto a la mujer. En un artículo los profesores Coll-Planas, García-Romeral, Mañas, Navarro-Varas, consideran que “la norma asume un esquema conceptual en el que el hombre es agente y, por tanto, responsable de las agresiones, mientras que la mujer aparece como víctima pasiva de las circunstancias sociales o del agresor individual”.  Una de las críticas centrales a esta legislación, ha sido que se genera una desigualdad manifiesta en cuanto a las medidas que se toman contra el presunto agresor. Algunos van más allá y estiman que puede ser caldo de cultivo de denuncias falsas o una herramienta para presionar a una parte en un proceso de divorcio. No obstante, otras posiciones estiman que es necesaria tal desigualdad en el trato, ya que materialmente son muchas mujeres las que se encuentran desprotegidas y pueden morir si no existiera esta ley.

Consideramos que es necesario conciliar la seguridad de las víctimas (mayoritariamente mujeres) con los derechos fundamentales que hacen posible la convivencia como la presunción de inocencia. Estimamos que se ha de vincular de violencia patriarcal con la imposición de determinados roles de masculinidad que ahondan en la desigualdad entre mujeres y hombres. Creemos que se deben también proteger a las víctimas de esta violencia en las parejas homosexuales de una forma mucho más activa que como se viene haciendo hasta el momento presente. Pensamos que se ha de instar a las autoridades competentes a castigar con el mayor rigor a aquellas mujeres que presenten denuncias falsas o abusen del derecho con el fin de obtener beneficios ilegítimos, ya que esta práctica minoritaria supone un daño a las víctimas. Conviene en todo caso huir de la demagogia mediática que confunde un delito de denuncia o acusación falsa acreditado en sede judicial, con la idea flotante y difusa de denuncia falsa que aparece en el imaginario colectivo o en las conversaciones de barra de bar. De nuevo en el rigor está la verdad, y en la generalización demagógica, una burda banalización de fenómenos censurables.

No hay soluciones mágicas. Lo que tenemos claro es que vivimos en un mundo que excluye a ingentes cantidades de población. Que la clase social debe estar vinculada al género y que los problemas están conectados entre sí. Que hay mujeres que por su renta, su etnia o su orientación sexual se enfrentan a problemas diferentes. Que simplificar entre buenas y malos es liquidar el pensamiento y ocultar, bajo el velo de la lucha de géneros, un orden de cosas que promueve la desigualdad y la transferencia masiva de rentas del trabajo a las de capital, donde muchas mujeres y hombres son explotados.  Feminismo no hay uno, hay diversos. Cuando Ana Patricia Botín se reclama feminista, mucho nos tememos que se usa una tradición de años de lucha y justa reivindicación, como mantra convertido en un estandarte posmoderno, prefigurado para la escenificación folclórica. No, la cosmovisión de Ana Patricia Botín, sus preocupaciones y desafíos no caen del mismo lado que los de la mujer que limpia habitaciones en un hotel por una remuneración paupérrima, ejemplo vívido de una precariedad laboral intolerable. Estamos asistiendo al rebrote de un feminismo posmoderno e identitario, que es el que llena los medios vinculados a Podemos, pero hay otros y más válidos, de los que tenemos mucho que aprender según nuestra ideología (liberal, postcolonial, socialista, materialista, etc.). El feminismo puede y debe ser para mujeres y hombres.

La dialéctica entre posiciones conservadoras, que proponen volver atrás en la separación entre la iglesia y el estado imponiendo un catálogo de valores al conjunto de la sociedad (como hacen las teocracias musulmanas que tanto critican), o populistas, que identifican a la mujer como buena y al hombre como malvado agresor, es terriblemente nociva. Y su peor problema es que ambas están seguras de sus planteamientos. No albergan dudas. A unos se lo ha dicho Dios y a otros el feminismo posmoderno, el que subsume y diluye el conflicto de clase en el puramente identitario, a veces artificial y falseado. Los que dudamos, los que tratamos de argumentar y reflexionar seguimos dándole vueltas. Como decía el cantante Leonard Cohen hay una grieta en todo, así es como entra la luz.

2 comentarios en “Ni feminazis, ni machirulos

  1. Lo que es necesario es una crítica sistemática a la ideología posmoderna y a su expresión concreta en la “ideología de género” y otras formas de ideología identitaria de “izquierdas”. Lógicamente no podía ser el propósito de este artículo que es un posicionamiento básico. Pero puede ser un punto de partida.

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    1. Me encata. Sólo quería recomendar un libro. Su título:”La trampaa de la diversidad”, de Bernabé (no recuerdo el nombre). Editorial Akal. Cuando lo leí llegué a pensar que yo era sonámbulo y lo había escrito en sueños.

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