La campaña de los idiotas

Un editor parisino celebra cada miércoles una cena peculiar para sus amigos. La condición inexcusable es que cada uno lleve a un personaje estrambótico del que mofarse. Al final, decidirán el ganador, de acuerdo a la magnitud de la idiotez del invitado. Después de las declaraciones que hemos escuchado en esta larga precampaña, no será difícil que el lector intuya un malintencionado uso de la comedia de Francis Veber, para ejemplificar la inanidad personal e intelectual de algunos futuribles representantes de los españoles. Pues no. Lo sentimos. Se equivoca. Los idiotas somos nosotros, la gente, la ciudadanía.

¡Idiotas! La conocidísima etimología de la palabra refiere a los ciudadanos que no prestan atención a los asuntos públicos, que tan solo se interesan en sus asuntos privados, permitiendo que otros hagan y deshagan a su gusto. Para la democracia ateniense era deshonroso no participar. Desgraciadamente, es tal el hartazgo de la mayoría de la ciudadanía con sus representantes que todo lo que tiene que ver con la política parece tener un tufo a ya visto, cuando no de podredumbre.

Pero no toda la responsabilidad es nuestra. Los políticos nos tratan como estúpidos. Es decir, como idiotas, en el sentido usual del término. Por ejemplo, cuando nos proponen bajar los impuestos sin especificar si son directos o indirectos. Los indirectos son los que no se tocan porque pagan lo mismo las rentas altas y bajas, mientras que los directos dependen de lo que ganas. Un famoso comentarista predicaba hoy que los impuestos directos son un siniestro invento para controlarlos. Así descalifican ahora algunos la justicia social y la redistribución. Les parece mal la progresividad fiscal, un criterio esencial si nos tomamos en serio las implicaciones de una sociedad justa y democrática. Lo más curioso es que después de decirte que van a bajar impuestos, prometen unos servicios públicos de primera. ¿Cómo se hace eso? Simplemente no se hace, pero se promete. Otros prometen la igualdad, mientras que asumen los postulados nacionalistas. Los nacionalistas se piensan mejores que el resto de sus conciudadanos y, por tanto, deben recibir siempre algo más que el resto. Ese “algo más” es un concierto económico, una inversión adicional, un trato socioeconómico mejor que otros con vecindad en otra región de España o, simplemente, dejarles hacer lo que quieran, incluso por encima de la ley. La vindicación más primitiva en favor de los privilegios. La reacción en su estado más puro.

Las próximas elecciones tratan de elegir entre dos opciones enemigas de la igualdad. La primera es aquella que postula el fin del sistema público de pensiones con el fin de beneficiar a la banca. Como señalaba un personaje de la novela principal de  Josep Pla (verdadera cumbre de la literatura española en catalán), los banqueros son unos señores que os dejan el paraguas cuando hace sol. Cuando llueve es un poco más difícil…Todo el mundo sabe, pero pocos se atreven a decir, que los planes de pensiones privados no funcionan para la inmensa mayoría de la ciudadanía. Solo aquellos con rentas muy altas pueden beneficiarse. Es un sabroso bocado para las entidades financieras. Algunas han invertido dinero o perdonado créditos de partidos y esperan su retorno. Son los mismos que prometen vacaciones fiscales a discreción, aunque sepan que sus mágicas rebajas sólo aumentarán los agujeros de la elusión fiscal por los que pueden colarse los poderosos y los que más tienen. Ya ni siquiera se disimula: en una economía abierta, el objetivo no es ni por asomo la armonización fiscal y la asunción colectiva de que los que más tienen deberán contribuir conforme a sus ingentes beneficios, sino que la filosofía es justo la contraria, aumentar las posibilidades de deslocalización y dumping fiscal de una minoría de ultraprivilegiados. Esta opción, la del sálvese quien pueda, también propone la progresiva privatización de los servicios públicos, de forma abrupta o, aún peor, de forma velada y con media verdades. Si la sanidad o la educación se deterioran, las posibilidades del sector privado se incrementarán y la opción pública quedará como residual. Nada de esto sucede de un día para otro. Es la constante erosión, y la expulsión de aquellas familias que pueden permitírselo, lo que termina por liquidar estos verdaderos Derechos Humanos. Luego nos hablan de seguridad, pero nada causa tanta inseguridad, tanto conflicto y tanta desestructuración social como el paulatino desmantelamiento del Estado social.

La otra opción no se aleja mucho de la anterior. Ya eliminaron el Impuesto del Patrimonio, mientras subían el IVA, y aumentaban la brecha entres las rentas del trabajo y las del capital o se tomaban la licencia de preconizar a los cuatro vientos que “bajar impuestos es de izquierdas”. Después de tanta demagogia y retórica populista, terminaron subiendo, como decimos, el más regresivo de todos. No en vano, la débil recuperación económica ha favorecido cuatro veces más a las rentas altas que al resto de la población y el 10% más rico concentra ya más de la mitad de la riqueza total (53,8%), más que el otro 90%. Esto no se consigue en cuatro años. Hacen falta algunas décadas. Al tiempo se usa y abusa de la falsa matraca de favorece el ahorro y la responsabilidad individual. ¿Ahorro, dicen? En un contexto de precariedad y fraude laboral, con unos desorbitados precios para acceder a una vivienda, exigir ahorro a los trabajadores es, simplemente, una tomadura de pelo. La derecha, en sus diferentes versiones, opta de forma indisimulada por acrecentar las desigualdades sociales. La presunta izquierda con responsabilidades de gobierno adoptó decisiones, siempre que pudo implementarlas con conciencia de que se aplicarían efectivamente, en una línea no muy alejada a la de los otros. Quizá los primeros prometen degradar todas las conquistas sociales de forma más rápida y efectiva.

Pero esta segunda opción, la de nuestra falsa izquierda, nos dice, además, que tenemos que aceptar la desigualdad entre españoles. Que eso es progreso. Que eso es izquierda. Conciertos, hechos diferenciales que generan privilegios, exclusión lingüística, adoctrinamiento en las escuelas o leyes que equiparan a las víctimas con los etarras. Es difícil que un Estado pueda soportar mucho tiempo esta constante erosión de sus instituciones y esta falta de respeto a sus ciudadanos por aquellos cuya obsesión es el uso del presupuesto para lograr la destrucción del Estado del que son parte.

Decía Schopenhauer que la vida es sólo la muerte aplazada.  Para demasiados políticos, España  es solo el terco aplazamiento de una península dividida en débiles miniestados, en vez de un proyecto común social y de futuro. Se dice que la izquierda ha renunciado a la libertad y a la Historia, dejándolas en manos de la derecha. Pero el problema es aun peor: la izquierda ha renunciado a la igualdad y a la idea de España, como si ésta respondiese a algún atávico esencialismo reaccionario, y no al territorio político compartido, bien público por excelencia, el primero que no pueden privatizar, aunque quieran, unos pocos potentados.

Precisamos de una izquierda comprometida con la justicia social y con España como proyecto común cohesionado y cooperativo de transformación social de ciudadanos libres e iguales, formal y materialmente. En esta campaña, entre las opciones de voto con opciones reales de representación institucional, una vez más nadie representa estas ideas. Este es el gran drama político de nuestro país.

Un comentario en “La campaña de los idiotas

  1. Si todo esto está muy bien. Pero para caundo se va a relanzar un nuevo UPyD? Con la panda de inútiles que hay postulados para dirigir el país, sobre todo con la posibilidad de nuevas elecciones, volver a entrar en el parlamento no de debría de ser complicado. Sobre todo si se lanza un partido republicano.

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